Confieso que soy de los que se quitan los zapatos apenas llegan a casa y si me descuido, también lo hago en la oficina, en reuniones o hasta en los salones de clase. Es un gesto casi instintivo, una manera de sentirme conectado, de volver a mí. Mis amigos bromean con que tengo “alma japonesa” porque aprendí en el budismo zen que descalzarse no es solo un acto de comodidad, sino un ritual de respeto: hacia el espacio, hacia los otros, hacia la vida. Y aunque a veces ese gesto me ha traído miradas curiosas o comentarios en voz baja, yo lo defiendo como un símbolo poderoso de libertad y autenticidad.
Ese sencillo hábito –quitarse los zapatos– ha sido para mí una metáfora viva del tipo de liderazgo que defiendo: uno más humano, horizontal, sincero. En el universo corporativo donde los códigos de vestimenta, los rangos y las paredes de vidrio siguen imponiendo jerarquías sutiles, el liderazgo descalzo aparece como una provocación elegante. ¿Y si liderar no fuera tener más, sino soltar más? ¿Y si dirigir a otros no requiriera ponernos por encima, sino a la par? El liderazgo descalzo no es nuevo, aunque ahora tenga nombre: nace de la tierra, de la ancestralidad, de caminar junto a los demás sin imponerse.
Este modelo ha sido reivindicado por pensadoras como la australiana Tina R. Davidson, quien sostiene que “el liderazgo descalzo es aquel que tiene el coraje de quitarse las armaduras y andar con el corazón expuesto, abierto al error y a la transformación”. No se trata de andar literalmente sin zapatos, claro (aunque, si se animan, ¡bienvenidos!). Se trata de un estilo de comandancia basado en la humildad radical, la escucha activa, la acción desde el ejemplo y el desapego del ego corporativo. Lo descalzo, aquí, representa lo genuino, lo cercano, lo colectivo.
En Colombia, hay experiencias inspiradoras. La Fundación Escuela para la Vida, en Cali, promueve desde hace años procesos de educación y emprendimiento comunitario donde los instructores y estudiantes aprenden juntos, sin jerarquías rígidas, priorizando la confianza, la conversación y el trabajo en equipo. Otro ejemplo es el de Francia Márquez, actual vicepresidenta, cuyo liderazgo social y ambiental en el Cauca se forjó desde el barro, las mingas, los fogones comunitarios, caminando descalza por los ríos que hoy defiende. Otro modelo notable en nuestro país es el de Shakira, nuestra reconocida artista internacional, quien desde su Fundación Pies Descalzos ha transformado comunidades vulnerables, brindando educación, nutrición y esperanza a miles de niños colombianos. Su manera de liderar, desde la sensibilidad y el arraigo, es un reflejo vivo de lo que representa caminar con el alma libre.
Pensar en este tipo de posturas es también proyectarlo como una vía para repensar nuestras organizaciones. En tiempos donde se habla de gobernanza horizontal, metodologías ágiles, equipos autoorganizados y bienestar emocional, este enfoque ofrece ventajas concretas: mejora la confianza, reduce la competitividad tóxica, fortalece la empatía y promueve culturas colaborativas. Empresas que fomentan la autonomía, la inclusión y el diálogo entre pares ya están dando pasos –literalmente– hacia formas de liderazgo más orgánicas, participativas y sostenibles.
Creo que liderar descalzos no es una moda ni una excentricidad. Es un retorno. Una manera de honrar lo esencial. Como decía Orlando Fals Borda, pionero del pensamiento crítico en Colombia: “El verdadero liderazgo nace de la acción compartida y del saber que se construye con los otros”. Y yo, mientras escribo estas líneas, claro, ya me quité los zapatos. Porque solo así –con los pies en la tierra y el corazón abierto– se puede caminar hacia una dirección que no pisa, sino que acompaña.
Comunicador corporativo. Me encantan los viajes, la música electrónica, la cultura glocal, la tecnología y los negocios inteligentes.