Como prueba inane, a más de inconexa, de que la actividad política en este país no siempre honra las lealtades programáticas, y menos las institucionales, rescaté algunos términos que se han venido acumulando en los años más recientes en el sótano del habla semiculta de los variopintos agentes del poder, llámense actores políticos, funcionarios, comentaristas que aparentan moverse por su cuenta, prensa y demás ciudadanos, algunos más preocupados que otros por la cosa pública. Son solo tres palabras que, aventuro, podrían considerarse incluidas en el lexicón de colombianismos no escrito, quizás porque los vocablos mencionados están relacionados entre sí, y a que a su inseparabilidad se suma que suelen ser usados indistintamente por cualquier grupo de presión.
“Mermelada” se emplea hoy en Colombia como sinónimo de repartija de los recursos públicos, entre aquellos concernidos que algún poder detentan para exigir su jugosa ración. La utilizó, dice que con otro sentido, el entonces ministro de Hacienda Juan Carlos Echeverri, cuando el octogenio santista: se trataba de que las regalías fueran distribuidas con un criterio más igualitarista que en el pasado entre las regiones, como con el cuchillo se esparce la dulce crema de frutas en una tostada del desayuno. ¿Por qué valerse de la comida para un símil si se habla de tan delicados ingresos públicos? A lo mejor algunos interpretaron que la velada alusión al hambre guardaba relación con un reconocimiento picaresco de las voraces apetencias de los políticos regionales. ¿Será posible?
En 2019, durante la instalación del Congreso de la República de ese año, el gobiernista presidente del Legislativo, Ernesto Macías, se dejó grabar mientras con vocecita conspirativa anunciaba sus planes, que el mismo denominó “jugadita”, para que el presidente de la República no tuviera que quedarse a oír la réplica de la oposición después de haber dado su discurso. La movida funcionó, acaso porque esa oposición no era menos pazguata, y, en efecto, Iván Duque se libró de padecer el memorial de agravios opositor, dirigido a conmemorarle su primer año de gobierno. Pero la grabación quedó, y aunque las investigaciones judicial y congresal contra Macías fueron archivadas, la locución sobrevive: una jugadita es una sutileza ventajista, sí, politiquera, pero también medio boba.
Dicen que la voz “bodega” se originó en el año electoral de 2018, con ocasión de la denuncia de los que están hoy en el poder sobre presuntas difamaciones anónimas del uribismo, en redes sociales, a gente de su misma cuerda. Todo pareció indicar que la expresión fue creada por el propio supuesto victimario reputacional para significar que bastaba con conseguirse una oficina, nada llamativo, y encerrar allí a un grupo de personas armadas con computadores y celulares, de modo que trabajaran silenciosamente entre los enjambres de opinadores de la época, para así moldear las percepciones. Con el tiempo, “bodeguita” se hizo derivación sinonímica de “bodega”, tal vez para implicar que ya no se necesita estar en ningún espacio físico para convertirse en “bodeguero”. Como ha ocurrido con las dos palabras previas, estas ya no son patrimonio de los políticos: mal que pese, son cultura.