Aun en medio de la sordidez de la vida de subterránea noche que en una megalópolis como Nueva York tiene lugar, se pueden encontrar resquicios de alguna dignidad cierta vez perdida, y quizás desandar los pasos dados al azar por aquel que la perdió, el que de pronto da señas de anhelar moverse en la dirección contraria. Así, si, en abstracto, me invitaran a ver la historia de una joven prostituta neoyorquina, para apreciar cómo se descompone en partes desiguales su tragedia personal jamás admitida, posiblemente me exoneraría por anticipado de dicho suplicio antes de siquiera suponer que la verdad allí expuesta a golpes de acritud puede ser cosa de provecho. No obstante, a lo mejor una película como la por reseñar no tenga por qué pedir permiso para existir.
Hablo de Anora, a cuya protagonista le gusta que la llamen Ani. La cinta, su director, su guionista y su actriz principal han ganado recientemente los premios más importantes que se otorgan en los escenarios especializados. No sería propio decir que con injusticia. Su mérito acaso resida en la crudeza nada gratuita, sí, o tal vez en esa forma de hacer comedia desde el absurdo que tanto se ha explotado dramáticamente a lo largo de la historia, claro; pero no hay que descartar que la fuerza de este filme permanezca oculta hasta la escena misma del final que, por supuesto, no voy a describir aquí. Baste mencionar, con la debida delicadeza, que el “dato escondido” intentado en la narración, con aquella técnica a través de la que se dice más para ocultar que para explicitar, produce efecto.
Nada peor para el ser humano que ser hecho un objeto por parte de otros seres humanos. A esto se ha enfrentado ella, la humanidad, desde que hubo uno de la especie que supo caminar erguido, puede que para evitar el prehistórico dolor de espalda, pensar con claridad y lograr dominar al fuego, elemento clave, y con este a quienes que le rodeaban, temerosos de las llamas. Sucede que, cuando quien tiene más suerte en la vida, confundido se vanagloria de dicho impulso atávico (como si no habitara en él chispa de sentimientos morales), su existencia entra en conflicto, no solo con la justicia, sino con el instinto de supervivencia que antes le ha permitido humanizarse, puesto que nadie puede prescindir de su naturaleza sin pagar un precio. Usar al congénere se paga con deshumanización.
Deshumanizarse no es dejar de ser “buena gente”; es, más bien al contrario, abandonarse para perder las habilidades adquiridas que, desde luego, le han permitido al ser evolucionado que puebla hoy el planeta llegar hasta este punto de dominio sobre la adversidad, como la inteligencia y el valor. En la película, ocurre que la inteligencia y el valor del personaje masculino no están: a sus insufribles cobardía y estupidez, que lo definen deshumano, se opone el dato bien escondido, recóndito, de la joven prostituta que forzadamente ve sus días en un espejo que, aunque borroso, no deja de ser cruel. Y que entonces la dota de una sangre nueva, de un desconocido sentido de valía desde el dolor, ajeno a ella, nacido hace miles de años, y así reconocible porque está presente en sus células, incluidas las de su piel manoseada por mil hombres que parecen adorar al fuego cuando lo hacen.