Estuve viendo Aún estoy aquí, filme brasileño ganador al premio Óscar de este año a la Mejor Película Internacional, dirigido por el millonario cineasta Walter Salles, lo cual no es un dato menor. Se trata de la historia del político de izquierdas Rubens Paiva y de su familia durante la dictadura brasileña, que se extendió de 1964 a 1985, y que inició con la caída del presidente João Goulart, taimado comunista. Noté que el guion, familiar y sensible, cuidadosamente omite el papel de Paiva en 1964, recién inaugurado el régimen, cuando azuzó al pueblo contra los militares, mientras él vivía “sabroso” en su casa de una de las playas de Río de Janeiro. No pasó nada con la dictadura y le tocó exiliarse en Europa; al regresar, creyó poder seguir conspirando, hasta que se lo cobraron.
Hay gente que cree que las dictaduras no son tan antidemocráticas como parecen, y que si existen es porque hay una verdad profunda que las impulsa y sustenta. Ahora bien, uno diría que, en el caso de las dictaduras de derecha, solo podrían pensar así los dueños del capital, como se espera, pero parece que este axioma no siempre se cumple. En Argentina, por ejemplo, está el abogado penalista Eugenio Zaffaroni, figurón de la izquierda latinoamericana, exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y, cómo no, actualmente insigne defensor del hampa a partir de una acomodaticia teoría del delito que criminaliza a la fuerza pública. Eso sí, durante la última dictadura militar argentina el doctor Zaffaroni no solo se mostró partidario del golpe de los uniformados, sino que publicó un libro en el que exponía la “excepcional necesidad de dar muerte al delincuente".
Estos son hechos probados sobre este gran profesor, al que hace unos años le encontraron unos apartamentos en los que se ejercía sistemáticamente la prostitución; con un tecnicismo civilista, Zaffaroni “zafó” del escándalo. ¿Y en qué se parecen Paiva y Zaffaroni? Tal vez el talante de la actual presidenta de México, Claudia Sheinbaum, lo pueda ilustrar mejor: ante el hallazgo de unos hornos crematorios de la mafia narcotraficante en el estado de Jalisco, que son herencia directa de la política procriminal de “Abrazos y no balazos” de su antecesor y padrino, el expresidente anticonservador Andrés Manuel López Obrador, ella ha dicho que ese tema “no será su talón de Aquiles” y reclama que “dejen en paz” a su jefe. Así muestra que carece de la autoridad moral para liderar de verdad.
Sheinbaum no se manda sola (“presirvienta” le dicen algunos malhablados) y por eso está imposibilitada de reconocer una realidad del pueblo mexicano que allá nadie ignora. Más que simplemente mentir, esto es ser calculadamente desleal, como Paiva y Zaffaroni lo fueron o lo son: para medrar personalmente, colaborar con terroristas que no podían lidiar con la caída de un gobierno afín a sus intereses, como en el caso del brasileño; para ubicarse en tribunales ideologizados, hacerse el muy defensor de delincuentes cuyas vidas antes no le importaban, en lo que respecta al argentino. Por eso, negar descaradamente la corresponsabilidad en la permisividad del crimen no es impulso ni vanidad: es la antidemocracia de que hablan los que no les creen nada.