El 11 de marzo que viene se cumplirán cinco años desde que en el mundo se declaró la existencia de una pandemia, cuando se creía que las pandemias se habían quedado en la Edad Media; ya va un quinquenio transcurrido desde aquellos días inciertos en los que los gobiernos aumentaron su poder de dirigir la vida de las personas en nombre del supremo interés general, representado en la salud pública. Así, al natural temor de contagio de la enfermedad, que era suficiente para descolocar mentalmente a más de uno, se sumó la necesidad de permanecer en casa de manera indefinida y a veces en estado de hacinamiento y de hambre, de que se usara el sempiterno tapabocas y, en resumen, de hacer que la paciencia fuera el refugio más certero en el que guarecerse de la tormenta.
La cifra global de muertos por el virus pasaba de siete millones hacia finales de 2024, lo que evidencia que las estadísticas negativas de las enfermedades no cesan aun cuando se detenga su índole pandémica. Sin embargo, más allá del universo de víctimas, cuyas vidas siempre serán recordadas por una u otra razón, parece que se ha hecho lugar en la cabeza de muchos de quienes sobrevivimos una verdad de esas difíciles de aceptar: es mejor no pensar en lo que pasó. Por eso, a nadie extraña que, en los últimos años, se haya prescindido deliberadamente de la creación (o del disfrute) de libros y películas que puedan recrear la escenografía de tal época, quizás para evitar que se tensen innecesariamente unos nervios suavizados para bien por el paso firme del tiempo.
Al menos por ahora, en ciertos casos no existe la suficiente distancia para ver al pasado con el mayor detenimiento. Pero llegará la mañana de acordarse sin desmayo de la ausencia de los fallecidos en medio de la confusión, y en lugar del vacío tal vez surja una convicción de resignada paz; con suerte, no rondarán más a determinados deudos las malas ideas de que todo se pudo evitar, de que hubo manos siniestras detrás de la emergencia, de que se trató de un monstruoso artificio, ya político, ya comercial, o la de que la inmovilidad de algunos funcionarios fue la última responsable. Se irá, pues, la punzada: la imagen de un ser querido desde la entraña, en esa metálica camilla, rodeado de desconocidos para los que su muerte, su vida, no significó nada aparte de papeleo indispensable.
Hay una diferencia entre la partida serena, sin prisas y con espacio para recordar, siempre recordar; y la que se da de pronto, en medio del detestable bullicio de los políticos hablando por la televisión, como si el cuerpo propio, contaminado o no, fuera un asunto de Estado. La prueba de que lo que ocurre desde la cuna a la tumba es cuestión individual a más no poder, aunque en su momento se haya admitido sin protesta la exigencia colectiva de amoldamiento a las normas jurídicas, es que, si lo intenta, hoy un individuo sensible puede valerse de su ignota sangre fría para otear lo sucedido en esas horas; entonces podrá volver a descubrir la soledad de las calles, el silencio de la ciudad asustada, el llanto privado de los que no hallaban escapatoria, la tristeza del abandono, la perplejidad de la desorientación, el caos reprimido, las oraciones elevadas con fe verdadera, el arrepentimiento.