Adaptarse y perecer

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Como bien lo acuñó, hace ya algún tiempo, un ilustre y locuaz manzanillo vigente, “la política es dinámica”, a lo mejor pretendiendo resignificar con ello lo que es por todos sabido y esperado: con el avance del tiempo, los grupos políticos de diferentes colores se ven forzados a turnarse en el poder. Quizás también el interfecto quiso implicar con su imperecedera frase que mucho de bueno hay en que así sea, por cuanto de esa manera se garantiza que nadie se eternice mandando. El problema está en que, como también todo el mundo lo sabe, su planteamiento de demócrata no tenía nada y era más bien la justificación de un oportunista más de la politiquería nacional, para que no se le sancionara socialmente por su, llamémosle, “pragmatismo”. Temor infundado, por lo demás.

Pero, apartándonos de la ausencia de convicciones éticamente viables de ciertos políticos, que con eso truecan su conciencia por favores punibles, hay algo veraz en aquello del movimiento pendular que rige a la lógica electoral. La gente se cansa y quiere cambiar lo público, sin falta. No en vano una de las palabras más usadas en el debate público suele ser “cambio”, asentada en la mesa de juego como baza semioculta para captar las apuestas de los crédulos, truco tan viejo que por serlo no está destinado a fallar, siempre que se lo presente como fruto de aprendizaje del pasado. Desde luego, casi nunca hay cambios positivos reales con los nuevos gobiernos: lo esencial se mantiene constante, mientras lo prescindible, aunque útil, gira alrededor del núcleo del poder, al antojo de este.

De modo que, más que en un péndulo, pienso en la alternancia partidista como en un giroscopio, aquel instrumento de navegación aérea o marítima que, dicho muy resumidamente, le permite a un vehículo conservar su orientación respecto del horizonte a pesar de ser sometido a fuerzas externas. Parecido a un complejo mapamundi, su eje se mantiene imperturbable por más que se mueva su soporte. (Fue creado por un francés de quien Umberto Eco usaría el nombre para titular su famosa novela, El péndulo de Foucault, a menudo confundida como una referencia a otro francés; este, pedófilo comprobado, admirado en amplios sectores izquierdistas). Le hallo semejanza con la vida política local porque, mientras un país como este tienda a la quietud, habrá fuerzas que lo sacudan.

La paradoja estaría en que esas fuerzas internas, una vez se aposentan en la “estabilidad del Estado”, reinician el ciclo, ahora como centro de gravedad. Así, ambos, Estado y Gobierno, que no son lo mismo, terminan encontrándose en eso de las apetencias de innovación del pueblo: el dinamismo que antes impulsó los sucesivos cambios de mando viene a ser la energía transformada que, al interior de los gobiernos (presidencialistas, como el nuestro, claro, pero no los únicos), impele su mutación adaptativa o de supervivencia, siempre mirando al horizonte de las siguientes votaciones. Entonces ¿es verdad que “la política es dinámica” y, en ese sentido, estamos condenados a soportar a los políticos que saltan de un lado al otro por su conveniencia personal, a los que no les importa que sus maniobras sepulten el ideal de acabar con la corrupción y el atraso?

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

Síganos en nuestras redes