Una nación a pesar de sí misma

Columnas de Opinión
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He tomado el título del fallecido historiador estadounidense David Bushnell, cuyo libro éxito en ventas Colombia: una nación a pesar de sí misma, de 1996, por poco no fue durante un tiempo de obligatoria lectura en colegios y universidades locales. Quizás lo es aún. Como todo trabajo historiográfico, es esencialmente un texto descriptivo que, sin embargo, no duda en meterse en honduras argumentativas para tratar de explicar asuntos que no tienen explicación, a primera vista, de la vida colombiana. Así, podría decirse a partes iguales que se trata de un texto demasiado básico para entender de verdad la complejidad de la patria, o ya que es un buen intento por resumir pragmáticamente (pues Bushnell era gringo a pesar de sí mismo) bibliotecas enteras que ya casi nadie lee, o que casi nadie leyó, y que posiblemente siempre estuvieron contaminadas de ideología.

Si quisiera volverme historiador e imitar a Bushnell, escribiría, desde un futuro hipotético, que lo que pasó el domingo 26 de enero de 2025, cuando Colombia padecía a su supuesto primer presidente de izquierda (aclararía que, en realidad, ese título le correspondía a Alfonso López Pumarejo), y la potencia septentrional era dirigida por un hijo de su entraña herida más profunda, fue un rompimiento de relaciones en la práctica, con burla incluida. Agregaría, para dar contexto, que el enérgico presidente yanqui, que se acababa de posesionar para terminar lo empezado ocho años antes, ya tenía entre ojos al gobernante más débil, perezoso y charlatán de la región, para dar una lección que fuera bien entendida por los vecinos, llámense Panamá y su canal chinesco, o México y su exgolfo. 

En ese punto, trataría de explicar la expresión “mamando gallo” (aunque omitiría la explicación de su traducción literal al inglés), entonces de uso común en Colombia y Venezuela, para ilustrar al lector acerca de la personalidad del que era presidente de Colombia en ese domingo de enero. Dicho mandatario, un subproducto de parte de la nacionalidad colombiana, habría creído que el presidente de los Estados Unidos era un equivalente suyo con el que podía establecer un diálogo de sordos de esos tan comunes en el ejercicio de la política vernácula: se dice que sí a algo y se hace otra cosa, luego se esgrimen excusas y pretextos por no haberlo hecho, y después se afirma que no ha pasado nada porque existe amistad (y porque el botín alcanza para todos). Es decir: se mama gallo.

Pero el que era presidente de los Estados Unidos no tomaba trago, no fumaba, no usaba drogas, y, especialmente, le gustaban las mujeres; de hecho, contrario a lo que se pensaba de él, era más conservador en sus costumbres personales que la mayoría de sus antecesores, lo que molestaba a sus críticos. Por eso, cuando en una alucinante comunicación de redes sociales de ese domingo de enero, el presidente colombiano se autoinvitó a la Casa Blanca a tomar güisqui (aquí aclararía que esa bebida que, aunque escocesa, era muy consumida en esa época en Colombia), para resolver el problema que él mismo había creado, la respuesta fue aquella que se le da a quien se tiene pesado, de quien se sabe que será incapaz de actuar como estadista: alguien perfecto para mamarle gallo.  

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM