Leí Pedro Páramo, novela de Juan Rulfo, hace treinta años. No he vuelto a hacerlo y tal vez justamente por eso resolví ver la película que por estos días de descanso está a disposición. A lo mejor nunca volví a ese libro porque no lo entendí mucho la primera y única vez que lo estudié, con ocasión de un evento escolar del que mis colegas de entonces, Alfredo e Iván, recuerdan poco (?). Es de esos textos que, aunque se saben buenos, de tan densos y enrevesados quedan en el fondo del plan de relecturas; ahora me arrepiento: habría sido de provecho volver a vivir antes la perplejidad emanada de sus mudas espaciotemporales (tormento de quienes luchamos con el filoso librito hace tres décadas), al final justificadas por la necesidad de que esa historia se contara así y solo así.
Es curioso que una obra que tiene que ver con la memoria (igual que Cien años de soledad) fuera ya olvidada por quienes, como nosotros, preparamos y presentamos una ponencia colegial sobre el machismo subyacente en ella. Hoy no puedo acordarme de si el machismo que atacábamos era el reflejado artísticamente en esa ficción mexicana, pero sobre todo latinoamericana, o si era un vainazo contra el pobre de Juan Rulfo, que ya cumplía varios años de muerto para ese entonces. Sea como fuere, es posible que hayamos dejado hundir todo para no enredarnos más con tantos personajes como tiempos y lugares hay contados allí. Debe decirse, por otra parte, que el experimentado guionista de la película de 2024 sí que mantuvo la estructura original de la narración.
Cierta vez leí que Juan Rulfo, mientras trataba de terminar su trabajo, pidió ayuda a algunos escritores contemporáneos suyos, más metidos que él en el mundo editorial mexicano, para darle orden y sentido al entramado. No es de creer: esos mismos, después del éxito de Pedro Páramo en 1955, y del posterior silencio novelístico de su autor, solían comentar que lo de Rulfo había sido solo un golpe de suerte. En cambio, sí cabe imaginarse a Álvaro Mutis, al iniciar los años sesenta del siglo pasado, subir corriendo unas escaleras de la Ciudad de México, a 2.240 metros de altitud; y luego mamarle gallo a García Márquez diciéndole “Léase esa vaina, carajo, para que aprenda”, cuando le separaba un ejemplar de Pedro Páramo de entre un lote de libros que le había llevado.
Los maledicentes se han regodeado en el alcoholismo de Juan Rulfo, y especialmente en cómo ello habría influido en la forma elegida (¿llena de pretermisiones no tan deliberadas?) para narrar el auge y caída de esa especie de jefe rural de la mafia, que, en el contexto prerrevolucionario mexicano, hacía y deshacía con las voluntades ajenas. Se ha implicado que una supuesta falta de lucidez de Rulfo quizás haya decidido que la raya trazada entre la vida y la muerte fuera tan borrosa en esta novela, y que lo que se valora como argucia técnica no sería sino simple caos. El filme reseñado, de otro lado, se burla de estas idioteces: no solo recupera la esencia endiablada de las mudas dimensionales, y sigue la línea original del relato, que no es recta, sino que revive el sonido de los diálogos con exactitud, al punto de recrear también el olvido, y, con él, una parte del propio México.