A pesar de que al nacido cerca de Madrid Miguel de Cervantes Saavedra la experiencia en el mar no le había sido favorable, comoquiera que surcando el Mediterráneo perdió el movimiento de la mano izquierda, y después la libertad, todavía este hombre de ánimo invencible, que pasaba ya de la cuarentena en 1590, tenía ganas de embarcarse a Cartagena de Indias en ese año, a buscarse la vida. Algún burócrata del erudito y a la vez supersticioso rey Felipe II le hizo el favor a la humanidad de negarle a Cervantes el puesto de contador de galeras en esa plaza clave de la que después sería Colombia, y lo condenó a concentrarse en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que es consuelo de almas como la del soldado que lo escribió, una y otra vez golpeadas por el infortunio.
Si Miguel de Cervantes se hubiera instalado en la militar Cartagena, para eso de ser funcionario, puede que de todas formas fuera visto pensando en Alonso Quijano por los alrededores del baluarte de la Contaduría, adyacente a la actual plaza de la Aduana, de tantos nombres como olvidos. Habría sido posible que Cervantes tuviera que refugiarse de la humedad en la hoy demolida Casa de su Majestad de Contratación, que se construiría a mediados del siglo XVI, es decir, justo antes del nunca concretado arribo del escritor. Quién sabe. Por lo demás, no lejos de allí, en Getsemaní, y más o menos al publicarse la primera parte del Quijote, los no pocos sevillanos de tal Cartagena habían de recordar, al designar una enigmática calle local, a su tierra de conquistadores.
Aunque tanto Madrid como Sevilla cuentan con una calle de la Sierpe (la madrileña, así, en singular; la andaluza en un plural, Sierpes, que resulta extraño donde esa ese del final se pronuncia más mora que cristiana), lo realmente documentado es que, mientras la vía de la cosmopolita capital del sur halla su origen en los tiempos de la llegada española a América, los bautizos de las callejuelas cartagenera y madrileña son posteriores y, curiosamente, coincidentes. Pues las dos debieron de ser nombradas “de la Sierpe” muy a principios del siglo XVII, justo cuando Cervantes refundaba la literatura con su Quijote y era recompensado frugalmente por ello. Ahora bien, en común sí que tienen los tres pasajes la evocación del mal: la brujería, los monstruosos ofidios y las maldiciones.
En la cárcel que existió en la calle Sierpes de Sevilla estuvo preso en 1597, por tres meses, el bueno de Cervantes, acusado de haberse apropiado de dineros públicos. No era el primero ni sería su último carcelazo. Como prueba de bravura, el ingenioso complutense aprovechó su tiempo allí e ideó el Quijote, para luego citar en él a la calleja culebrera. A unos cuantos cientos de metros del vestigio de ese encierro, en la margen occidental del río Guadalquivir, aún está el barrio de Triana, también llamado arrabal: casa de toreros, alfareros, marineros de aguas dulce y salada, y del más puro flamenco. Ahí había nacido, un siglo y pico antes de aquella temporada cervantina a la sombra sevillana, otro desdichado, Rodrigo de Bastidas, quizás en la pobreza. Desde 1953, este trianero reposa en la Catedral de Santa Marta, villa que en 2025 podría entender más de su pasado.
Columna: Toma de Posiciones
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