En días pasados leí La paciente silenciosa, novela de 2019 que en ese año llamó la atención de las masas en Europa, ya pude ver por qué. El autor es un británico nacido en el Chipre griego de nombre Alex Michaelides, que tiempo antes se dedicó con poco éxito a la escritura de guiones para películas, y que estudió tanto literatura como psicoanálisis a nivel profesional. Se trata de un libro fácil pero cuidadosamente escrito, al que no parece sobrarle una letra, a pesar de las críticas en sentido contrario. Me gustó el motivo central de la historia, que es el uso especial del lenguaje para escarbar entre lo que ha sido escondido en la mente humana: el desentierro hasta la visibilidad plena de puntuales asuntos pendientes y su eliminación última a través de un abordaje frontal…, consciente.
Me gustó porque, aunque recele de algunas teorías de Sigmund Freud, parece lógico que el ser humano pueda necesitar de ser oído, sin orden ni concierto previos, para organizar sus recuerdos, y así, empezar a sanar. No olvido que a veces este plan falla, pues el lenguaje es creación externa que tiene el poder de entorpecer a cierta expresión íntima; emerge entonces como indispensable alguna voz queda que embosque a aquello que ha venido envenenando a dicha alma, parasitándola tal vez, incluso hasta hacerse parte integral de ella. En este orden de ideas, la novela logra convertir en recurso literario el claro apalancamiento en conceptos psicoanalíticos, que por fuerza son de trámite lento, sin abandonar a su suerte al lector, sin dejarlo solo para que se aburra y se vaya.
Lejos de eso, este texto involucra al sujeto pasivo de la lectura en el problema, como suelen hacerlo las buenas ficciones. En mi caso, a lo mejor el hecho de que uno de los personajes principales tuviera el apellido de origen griego Diomedes ha debido de condicionar que me imaginara recurrentemente a ese sesudo profesor, amante de la música clásica, cantando a voz en cuello en una de nuestras playas bajo el sol ardiente, y con un trago en la mano, bien lejos de Londres. Podría especularse, así, que el psicoanálisis no solo funciona cuando se habla de los traumas, sino que basta una mínima conexión emocional con un personaje literario para que se activen las memorias y se abran puertas que por una u otra razón han estado cerradas. Dejar correr la brisa entre esos pasillos es refrescante.
Desde luego, para analizar los elementos de la conciencia ajena hay que tener desarrollada la capacidad de entender las reglas no pronunciadas de la vida. Es ahí donde convergen la literatura y el psicoanálisis: tanto el escritor de novelas profundas (y me vienen a las mientes Fiódor Dostoievski y demás entusiastas del pensamiento excesivo, hoy muy de moda), como el terapeuta, deben estar familiarizados con la experiencia mundana a más no poder, a partir de lo cual sabrán recorrer poco a poco los túneles que la gente cava en su subsuelo cotidiano, ya para evadirse, ya por simple placer. No pretendo reducir esa característica personal a la llana inteligencia, que de inteligentes paralizados está lleno el planeta; me refiero a que nadie puede ayudar a otro a ver la vida tal y como es si antes no la ha visto por sí mismo, en soledad, cuestión que demanda un corazón templado a la intemperie.