Cesó la lluvia que en varios lares de Colombia y en otros muchos del planeta tierra con torrentes diluvianos inundó ciudades y pueblos, arrasó parcelas causando ruina y para colmo de tristeza segó incontables vidas. Fue cruento el trasegar de “La Niña”.
Al dolor que aflige naturalmente el sentimiento humano ante el padecimiento de las gentes vulnerables, se le agrega la indignación de ver que los recursos -de por sí insuficientes- que el Estado destina específicamente para socorrer a los damnificados, no auxilian a estos, sino que van a engrosar, en pingues cantidades, las alforjas de los espoliques instalados en el tinglado corrupto que espuriamente se entronizó en el país. Entramado de corruptela que dibuja, a manera de radiografía moral, la degradación ética de la sociedad colombiana que sumisamente tolera la afrenta que le inflige con cinismo desembozado desde la cima del poder ejecutivo la cabeza de este, que enarboló programa progresista y con estentóreos sonidos de trompetas mesiánicas prometió “el cambio” para erradicar la corrupción, pero tanto su gobierno, su entorno familiar y su sanedrín están asfixiados en el oprobioso tremedal que ofreció extinguir. Paradoja inaudita. El mismo director de la comparsa oficial que, con insolencia jamás vista en la historia democrática de Colombia, califica de “malditos” a los miembros de las comisiones económicas del Congreso de la República. El iracundo agente oficial que groseramente lanza anatema contra las altas cortes, cuyos integrantes ejercen sus funciones jurisdiccionales con autonomía en el esquema de la división tripartita del poder público. El jefe del partido político que promovió campaña presidencial que está incurso en investigación por parte del Consejo Nacional Electoral, en razón de presunta violación de topes electorales, conducta tipificada por el artículo 109 de la Carta Política y sancionada por dicho precepto superior con pérdida de investidura o del cargo. Con ese talante inmoral, desquiciador de los cimientos del sistema democrático y demoledor del ordenamiento jurídico está siendo conducida Colombia a la disolución institucional. Es la verdad dolorosa. Como es verdad que flagela el balance trágico con el que termina el año. El país sumido en violencia, vicios y crímenes. Extensos territorios asolados por los grupos ilegales; centenares de poblaciones abandonadas, porque sus habitantes tienen que salir a la estampida desplazados para salvar sus vidas. No hay paz total, tampoco parcial. Absurdamente, criminales gestores de paz, sí. El feminicidio crece, aumenta exponencialmente a pesar de que se endurecen las penas para los autores de ese tipo de homicidio y para los que agreden a las mujeres. Es tal el instinto de brutal perversidad con que se cometen esos actos criminales, y tan impresionante la frecuencia de esa comisión, que sucumbió ante el rechazo colectivo el intento de expedir ley de beneficios para los incursos en esas conductas que colaboraran con la justicia. Y desgarra las fibras de las almas buenas -que las hay- saber que en lo transcurrido de 2024 asciende a 360 el número de niños, niñas y adolescentes asesinados en nuestra patria. Hace pocos días, la víctima fue una niña de un mes y diecinueve días de nacida; fueron sus padres los que la ingresaron sin signos vitales al hospital de Soacha; según el comunicado oficial del centro hospitalario, el cuerpo de la bebé presentaba evidencia de maltrato físico y de violencia sexual. Aberración horrenda. Así se encuentra Colombia en el año que fenece. Tal vez la que imaginó don Julio Arboleda, cundo escribió pensando en gentes mejores: “No era esta raza enferma y degradada/ que aspira entre perfumes y mujeres/ el aire embriagador de los placeres/ sin fe, sin ley, sin Dios, ni corazón”.
Cerremos estas cavilaciones rogándole a Dios le obsequie a Colombia Navidad feliz y año nuevo próspero.