Los museos del bello arte de la pintura son como teatros en los que, convertido el visitante en actor, el flujo de su conciencia se organiza y toma forma. A lo mejor debido a la disciplina de que hay que disponer para acostumbrar las rodillas a andar como a tientas, por entre el silencio a veces viciado de salas cuya penumbra es imperceptible, los pensamientos así estimulados tienden a revelarse en su dimensión menos incómoda para los acostumbrados a sobrellevar el ajetreo cotidiano. Sea como fuere, quién puede despreciar la posibilidad de aprovecharse de recuperar el sosiego de los sentidos, quizás hasta su punto de partida, si se encuentra rodeado de algunos esfuerzos visibles de aquellos observadores transitorios de la historia de las naciones por explicar su bien habida ignorancia.
Esa fue la lucha de la que se hicieron dolientes tan sensibles artistas de la luz y el color que hoy cuentan siglos bajo tierra, y que, sin embargo, en algún momento ignoto insistieron en imaginar la percepción del que habría sido su futuro, que es nuestro presente, a través de ojos de los actuales vecinos de este valle de lágrimas. Así lo manifiestan los claroscuros de pinturas que aventuraban el sufrimiento prometido a quienes osaran ignorar las advertencias pecaminosas de los amanuenses de Dios, nuestro señor; o ya las representaciones pictóricas que en su materialización pasaban por alto la existencia de una tierra nueva, poblada de un ser diferente, y que, por lo tanto, permitían dar fe inquebrantable de la planicie infinita en que se nacía y se moría, gracias a la divina providencia.
El miedo a lo desconocido se hacía presente en el lienzo cada vez que se intentaba dar estructura a una narración diseñada en la mente del pintor para esos pocos buenos entendedores. Ello no solo consistía en recelar la severidad del juicio de los congéneres, algunos de los cuales eran más capaces que otros de otorgar mecenazgos, sino en la sentencia de la inmediata posteridad, que, es sabido, no perdonaba errores de percepción crítica. Si a la santa madre Iglesia se la hería, aun cuando producto de una ligereza honesta, correspondíale, pues, a ella misma sancionar con la pérdida sacramental de rigor esas conductas dignas de excomunión, e iniciar los trámites ante la autoridad delegada en este mundo plano para el logro de la eventual condena eterna tan temida.
Puede ser que todas esas imágenes viejas de la rutina europea de clausura hayan determinado la composición de cierta música de cámara, como seguramente pasó con Juan Sebastián Bach, especialista en la materia religiosa. De tal manera, renunciar a la quietud de los museos de bellas artes en favor de una invasión complementaria de la armonía, que del sonido descubrió ese alemán, por ejemplo, podría servir para hacerse con una idea más próxima de las sensaciones del pasado. También sería deseable poder oler de cerca la mezcla de sustancias usadas para colorear (¿en un taller húmedo y frío?); o hasta tocar con la yema de los dedos la labor de restauradores en verdad obsesionados con disputarse a dentellada limpia con el tiempo la prerrogativa de saber lo que encriptaban sobre la eternidad los que, sin las lentes del presente, hicieron lo posible por estudiarla.