He presenciado el surgimiento y la caída de numerosas startups en los últimos cinco años. He estado en lanzamientos llenos de energía, rodeado de jóvenes emprendedores con ideas brillantes y presentaciones deslumbrantes. También he visto colapsos dramáticos, cuando promesas tecnológicas se desvanecían de un día para otro. Recuerdo un evento en el que, entre aplausos y sonrisas delirantes, una empresa emergente prometía transformar la forma en que nos relacionamos en línea. Seis meses después, su sitio web solo mostraba un error 404. Me fascina cómo en este mundo de emprendimientos, el fracaso se convierte casi en un trofeo, una especie de medalla de honor donde el mantra “fallar rápido” parece ser la clave del éxito. Sin embargo, me pregunto: ¿hasta qué punto esa cultura del fracaso nos impulsa a innovar y en qué momento se convierte en un refugio para la irresponsabilidad?
A nivel global, la exaltación del fracaso ha ganado terreno. Un caso reciente fue el de Quibi, la plataforma de streaming que prometía revolucionar el consumo de videos móviles con contenido de alta calidad y formato breve. Con una inversión de más de 1.7 mil millones de dólares y figuras de Hollywood como Steven Spielberg apoyando el proyecto, la empresa cerró apenas seis meses después de su lanzamiento. La caída de este gigante del entretenimiento demostró la delgada línea entre la ambición tecnológica y la desconexión con las necesidades reales del público. TechCrunch y otros medios especializados señalaron cómo una estrategia de marketing inadecuada y la incapacidad de adaptarse a la pandemia fueron claves en su fracaso. Este caso abrió un debate global sobre la verdadera naturaleza de la innovación y si, a veces, no estamos simplemente glorificando la incompetencia.
En Colombia, el fenómeno no ha sido ajeno. El ejemplo más cercano es Rappi, la aplicación de delivery nacida en Bogotá, que pasó de ser una pequeña startup a una multinacional valorada en miles de millones de dólares. Sin embargo, su éxito ha venido acompañado de controversias. Esta ha enfrentado críticas por condiciones laborales precarias y desafíos legales en distintos países. Su cofundador, Simón Borrero, ha repetido que “el camino al éxito está pavimentado con errores que nos enseñaron a mejorar”.
Pese a las críticas, algunas empresas emergentes están transformando la narrativa de la derrota hacia una más constructiva, enfocada en el bienestar humano. Un caso destacado es el de Too Good To Go, una aplicación danesa diseñada para combatir el desperdicio de alimentos, conectando a restaurantes y supermercados con consumidores interesados en adquirir alimentos a precios reducidos antes de que se desperdicien. Esta idea no solo es rentable, sino que también tiene un impacto significativo en la sostenibilidad ambiental. La autora Brene Brown, reconocida por sus estudios sobre la vulnerabilidad y el liderazgo, sugiere que aceptar el error, aprender de él y compartir esa experiencia puede fortalecer la cultura empresarial, especialmente cuando la innovación tiene un propósito social.
Por eso, aunque el malogro es un ingrediente esencial en el camino de la innovación, no debe servir como excusa para decisiones apresuradas o la falta de planificación. La innovación auténtica surge cuando asumimos riesgos calculados, sabiendo que podemos equivocarnos, pero siempre con el objetivo de mejorar y crear un impacto positivo. Las empresas emergentes tienen en sus manos la oportunidad de liderar un cambio significativo, pero ese cambio debe ser para el beneficio de toda la sociedad, no solo para unos pocos emprendedores. El desafío está en lograr que estos negocios sean motores de un futuro más inclusivo y sostenible, en el que la tecnología realmente haga nuestras vidas mejores.
Comunicador corporativo. Me encantan los viajes, la música electrónica, la cultura glocal, la tecnología y los negocios inteligentes.