Con los años, me he convertido en un gran escucha de las emisiones radiales de la mañana. En efecto, debe de tratarse de una rutina que se consolida con la edad: un café, la madrugada silente, la ordenación de las ideas…, y la radio que no cesa, que informa, que comenta, que está allí, en todas partes. Los que predijeron el fin de la radio cuando llegó la televisión solo serían superados en equivocación por los que volvieron a predecir el acabose de la señal radial, pero esta vez cuando aterrizó el Internet, ya al pesado computador, ya al portátil celular. En realidad, ni la imagen sonora, ni mucho menos la palabra escrita en línea, han podido acallar el sonido constante de quienes se expresan con una libertad quizás mayor de la que permiten otros medios de comunicación.
Creo que el “formato” de la radio bastante bien le hace a un país con la índole de Colombia, en el que históricamente la discusión política ha sido tan violenta como superficial. Por el contrario, en el escenario de las ondas electromagnéticas existe la posibilidad de profundizar, habida cuenta del menor apuro y de la superior concentración que son requisitos indispensables para que la audiencia no se pierda en la marejada de voces. Así, los argumentos expuestos radialmente, aun cuando pueden llegar a ser precipitados (y a veces impuestos con mala educación), tienen que conservar forzosamente su tendencia a la exhaustividad, en la medida en que hasta el más paciente de los radioescuchas podría irse si no recibe el valor agregado que representa el sonido con sentido.
Es curioso observar que, como sigue siendo importante la consabida posibilidad de dedicarse a múltiples tareas mientras se escucha una emisión, la cuestión de oír radio se va volviendo paulatinamente intergeneracional. Por eso, a pesar de que hoy los menores de veinte años prefieren otros canales de información o análisis, y así seguirán seguramente por una o dos décadas más, no es improbable que en el futuro caigan en el discreto encanto de las voces sin rostro, cuando el tiempo o las energías ya no les sobren, y entonces tengan que aprovecharlos al máximo. Hablo desde mi punto de vista, pero supongo que no he sido el único. La radio, hasta la más frívola, se parece a un consuelo cotidiano en el que gente a la que no se conoce insiste en estar ahí, lista para conversar.
Es más fácil desnudar la conciencia de, digamos, los escurridizos políticos, en el escenario de la llamada telefónica que puede escuchar el país entero. Suele ser más eficiente tratar de entender los postulados de una y otra vereda ideológica cuando no hay distracciones visuales atravesadas en la mitad, siempre que exista un mínimo de transparencia, o ya de lealtad. En fin, se hace más llevadero el amplio caudal de noticias y opiniones, incluso cuando son objetivamente negativas, si son presentadas con prescindencia de los afanes, las diversiones o del necesario gasto en atención o en tiempo que en otros lados constituyen peaje obligado. Tengo para mí que la radio sobrevive, y que a lo mejor sobrevivirá, porque no ha intentado desplazar a sus competidores: es como esa piedra fundacional de la comunicación incondicional cuya caducidad nunca se ha planteado con franqueza.