Y la tribuna grita gol

Columnas de Opinión
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Rosario es la tercera ciudad más populosa de Argentina, detrás de la capital federal y de Córdoba, con poco menos de un millón y medio de almas. Es de sobra sabido que allí nació Lionel Messi, también como jugador de fútbol; su primer equipo, tal vez del que nunca salió del todo, fue el famoso Newell’s Old Boys local. Tanto a la escuadra, como a los mismos hinchas de este cuadro aurinegro, los llaman con cariño “los leprosos”, o ya “la lepra”; de hecho, ellos mismos exhiben orgullosos esos apodos originalmente denigrantes, que, por supuesto, tienen su historia. Hace poco más de un siglo, unas damas de sociedad rosarinas querían organizar un clásico benéfico a favor de los enfermos de lepra de la ciudad; Newell’s aceptó enseguida. El otro equipo, Rosario Central, nunca lo hizo.

Este rechazo a la causa social les valió a los muchachos del Gigante de Arroyito la insigne denominación de “canallas”, que sigue vigente hasta hoy, y de la que, cómo no, los aficionados, jugadores y dirigentes se sienten muy dignos. No tengo certeza de esto, pero es de suponer que el mote canallesco ha debido de habérselo dado una mujer a los de amarillo y azul. Es evidente. Sea como fuere, si en la orilla de la Lepra están Messi y Marcelo Bielsa, por la otra anduvieron César Menotti y Roberto Fontanarrosa, el Negro; y todavía va por ahí, aunque dolido por amenazas de cierto sector del Canalla, Ángel Di María, el Fideo. Me olvidé de decir que Rosario es la ciudad más peligrosa de Argentina, que padece de ese desquiciamiento del narcotráfico por aquí bien conocido.

La Pulga y Fideo, buenos amigos, ambos surgidos de las barriadas para llevar a Argentina a la gloria universal futbolística, no habían ni nacido en la Rosario de noviembre de 1986, cuando Walter de Giusti, un veinteañero igual al roquero Fito Páez, entró a robar a la casa familiar de este, donde estaban su tía, su abuela y la trabajadora doméstica embarazada. De Giusti, que murió preso en 1998 por inmunodeficiencia adquirida, asesinó a las tres mujeres. Fito andaba por Brasil, de gira; su padre tenía un año de fallecido, y su madre había partido nada más nacer el músico. En 1994, año de su consagración, Páez lanzó la canción “Mariposa tecknicolor”, escrita, arreglada y cantada por él mismo, acaso prevalido de puntual emoción de trámite lento que posiblemente carece de nombre.

Es una composición frenética, que por poco no salió mal, y que hoy conserva la fuerza telúrica de hace tres décadas. Era rock, pero bien pudo ser tango porteño. En esa canción Fito Páez evoca el “sacrificio de mis madres”, en indudable referencia al de su tía y su abuela, que habían suplido a la mamá fallecida en su crianza; a los treinta y un años de edad, “Mariposa” parecía un intento de saldo de cuentas con el destino, ese al que llama “errante” al final de la letra. Siendo quizás adolescente, y ya hincha de Newell’s, un día Fito presenciaba el empate que Central le sacaba de visitante a aquel equipo; al momento de ejecutarse un penalti que debió ser el del triunfo leproso, uno de los canallas de la tribuna gritó al pateador: “¡Alfaro, la concha de tu novia!”, para desconcentrarlo, lo que hizo que el marcador equilibrado se mantuviera. Entonces Fito supo que animaba a los colores equivocados.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM