Índice de desarrollo culinario

Columnas de Opinión
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No deben de abundar países de verdad desarrollados que carezcan de una cocina variada y de alto valor nutricional, que además resulte delectable para sus poblaciones. Desde luego, tampoco debería asumirse que todos los Estados con tradición alimentaria rica y fecunda necesariamente poseen niveles de desarrollo humano o económico comparables a los de las potencias que miden, digamos, cuándo hay guerras mundiales o no. En un arbitrario punto medio, lo que podría ser cierto es que la propensión de un pueblo a afirmar su identidad (que no a acercarse forzosamente así a la prosperidad) esté relacionada con la capacidad de sus habitantes de aprovecharse eficazmente de lo tenido a mano para alimentarse con placer, más allá de la energía vital resultante de dicho proceso.

¿Y si fuera cierto, entonces, que el común de la gente, en la mayor parte del planeta, seguramente preferiría una comida sabrosa a otra nutritiva (aun en el supuesto de que tales hipotéticas personas pudieran conseguir la segunda sin problemas, lo cual lamentablemente no es así)? A este propósito, el otro día veía en línea una suerte de queja existencial de un argentino, que al principio me pareció una broma y que después terminé tomando en serio: culpaba a los empobrecidos inmigrantes italianos en Argentina de haber introducido y perpetuado una dieta de excesivos carbohidratos, basada en pastas, pizzas y productos horneados, que, a él le parece, ha decidido el subdesarrollo del país; agregaba que no pasó lo mismo con la inmigración italiana en los Estados Unidos. 

Nunca habría imaginado que hubiera quienes, en la aún ganadera Argentina, protestaran por consumir menos carne de res que en otros lugares, inclusión hecha de la Nueva York italoamericana, en la que no siempre hubo bienestar. Supongo que este hombre hace sumas y restas y concluye que en el inmenso territorio argentino no todos viven como en el Buenos Aires mejor dispuesto, y que son los de extramuros (en su concepto, muy malnutridos) los que han definido el presente y futuro de la nación con sus ideas raquíticas pero abundantes, mayoritarias. Como los carbohidratos. Se trataría, si lo entendí bien, de una generalización desregulada que a países como Colombia, y a su vecina Venezuela, los dejaría con menos ganas de disputarse la autoría de la maravillosa arepa.

Ahora bien, si ello fuera cierto aun en parte, un Estado realmente emergente, como México, no habría tenido oportunidad ninguna de avanzar. La ingesta de harinas y grasas de todo tipo (sumada a la gigantesca de Coca Cola) han hecho de ese territorio un hospital de obesidad. Sin embargo, no por ello ha dejado de crecer la economía mexicana en los últimos años, con lo que la tesis del argentino enojado con su pasado parece caerse sin demasiadas contrastaciones. Por otro lado, cualquier despabilado podría concluir también que a una nación le cabe reafirmarse culturalmente a través de sus platos y refacciones, mientras paralelamente sube en lo económico; pero que tal escenario no tendría por qué ser favorable a la salud pública. Esto, a su vez, esboza un panorama lejano, distópico: las comidas de un país con porvenir tendrían que ser, a un tiempo, nutritivas y ojalá poco apetitosas.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM