Trasuntos de Estado

Columnas de Opinión
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En la Semana Santa de 1956, el que sería rey de España había llegado desde Zaragoza, donde estudiaba con militares, a Estoril, Portugal, localidad en la que su familia vivía en el exilio. Allí arribó con una pistola de fabricación vasca que le habían regalado, y con la que, junto a su hermano, el infante Alfonso, de catorce años, días antes anduvo haciendo blancos seguros. La embajada española en Portugal informaría después que el simpático Alfonsito, mientras limpiaba “un revólver” en Jueves Santo, se había pegado un tiro mortal en la cabeza. Sin embargo, lo realmente sucedido terminó por emerger: Juan Carlos disparó a su hermano, por accidente, cuando este intentaba entrar por la fuerza a la habitación que ambos compartían. Un recreo fraterno con mal reparto de suertes.

Una versión alternativa de lo ocurrido ubicaría a Juan Carlos, entonces de dieciocho años, como un irascible que no soportó una burla de Alfonso: habría respondido a un imaginario disparo de este, hecho con los dedos de la mano, a través del arma de verdad que tenía guardada en el cajón del escritorio en el que estudiaba. No había podido recordar que estaba cargada. Algo similar pudo haberle pasado al expresidente mexicano que acaba de entregar atípicamente el poder, a dos meses de cumplir un sexenio. Andrés Manuel López Obrador tenía quince años el día en que su hermano menor y él estaban trabajando en el negocio familiar, en un pueblo de Tabasco; cuando el más joven quiso salir a la calle a hacerle a otro una broma armada, la pistola Colt que llevaba se le cayó al piso.

Los periódicos locales reportarían en ese 1969 que José Ramón, de catorce años de edad, recibió un disparo en el cráneo que lo ultimó en el acto. El arma se había activado al golpear el suelo; el futuro presidente ya le había dicho a su hermano que tuviera cuidado. Los chismosos del pueblo, en cambio, dirían que hubo un forcejeo entre los dos jóvenes López, y que en medio de tal el estallido fortuito devino inevitable. Una desgracia en claroscuro. Durante alguna de las inclementes refriegas políticas, pasados más de treinta años, un enemigo del candidato presidencial López Obrador lo acusaría de haber matado a su hermano quizás dolosamente. Desde luego, antes que hundirlo, esta imputación sin pruebas, unida a imágenes de afecto de su padre, con el tiempo le ayudaría a ganar.

También en México, pero en diciembre de 1951, cuando el expresidente Carlos Salinas de Gortari tenía apenas tres años y medio, él, su hermano de cinco y un amigo de ocho, literalmente fusilaron con un rifle a una niña indígena de doce años que trabajaba en el servicio doméstico de la casa paterna. Manuela. El pequeño Salinas de Gortari supuestamente se proclamó en los instantes siguientes como un héroe, al atribuirse el tiro; la niña, en absoluta indefensión, lo había recibido en la cabeza. Era solo un juego infantil. El juego de la guerra. No es fácil soslayar cómo el humor, digamos, de precoz y pesada adultez, fue un factor determinante de estas tragedias; aunque quizás sea más intrigante reconocer cómo la política sonrió a los sobrevivientes, a esos que estuvieron allí como autores involuntarios, o testigos únicos, de algo lejano a la expectativa de sus primeros años.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM