¿”Ministerio de las culturas, las artes y los saberes”?, ¿”ministerio de igualdad y equidad”?… ¿Qué significan en el fondo estas designaciones rimbombantes y redundantes, más allá del consabido manipuleo semántico petrista? No debe desestimarse que en México iniciaron un proceso populista similar hace menos de seis años, y que ya van por la elección popular de jueces y magistrados de los órdenes federal y estadual, así como la de ministros de la Suprema Corte de Justicia, todo de manera generalizada, a diferencia de países que hacen lo mismo pero con muchas más limitaciones. Andrés Manuel López Obrador ha implicado que la captura criminal de la carrera judicial en México es tal que eso de la independencia de los jueces, que solía ser sagrada, ya no importa. ¿Resuena?
El ministro de Cultura afirmó en días pasados una tontería partidista según la cual por Santa Marta casi quingentésima no entró ninguna civilización, ni religión buena para Colombia, ni idioma que sirva para nada, aunque de tal se valga para evitarnos tener que oírlo. El ministrico en cuestión (tantos ministricos se ven, léase Bonillita) confunde adrede y soberanamente la gimnasia con la magnesia, pues no se celebrarán los cinco siglos de un hecho español, sino el medio milenio de existencia de una ciudad colombiana, la primera en alcanzarlo, gracias a la inercia del tiempo. El decrecimiento de la inteligencia va a toda velocidad en el país; a este paso, no tardarán los nuevos sabios en proponer destruir a martillazos la Ciudad Amurallada de Cartagena. O ya enseñar suajili en vez de español.
Nada mal estuvo, eso sí, el cumplimiento reciente de una decisión del Consejo de Estado según la cual el baluarte de Santo Domingo, ubicado en las murallas cartageneras (¿españolas?) y de cara al mar, no tiene por qué aprovecharse económicamente en desmedro de su disfrute ciudadano. Una simple muestra de que los jueces, cuando independientes, responden. Así ha sido más o menos, con dificultades evidentes, desde las épocas del derecho indiano, producido aun antes del inicio de la Conquista, y que por lo menos fue una tenue declaración de guarda del indígena. Claro, a lo mejor hicieron más por los aborígenes el dominico valenciano Luis Beltrán y el jesuita catalán Pedro Claver, en tierras caribeñas, que todos los oidores juntos. No es tema abarcable en una columna.
A san Luis Beltrán, o Bertrán, el calor pareció capacitarlo para evangelizar a los indios en su lengua. Dicen que caminó sobre una ciénaga que aún no se ha secado, entre Santa Marta y Riohacha; que se burló de un encomendero cruel con milagro que imitaba a la magia, cerca de la actual Barranquilla; y que sus paisanos esclavistas intentaron varias veces matarlo, sin éxito. No obstante, puede que el verdadero prodigio aquí visto sea el de la historia de la humanidad, al hacer pervivir a estos pueblos después de una gesta de hispanización que no siempre fue en blanco o negro, y que bien pudo acabar en nada. Así, acaso el subproducto más doloroso del mestizaje, con el que convivimos, no sea el reflejo violento sino un pariente suyo: el fanatismo, vicio de la razón que los europeos padecieron por mucho y del que empezaron a curarse siguiendo a España hacia lo desconocido.