La moral es un árbol que da moras

Columnas de Opinión
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La frasecita de que me valgo en el título es de un político mexicano de esos que primero participaron en la Revolución mexicana, y que luego se dedicaron a robar desde el Partido Revolucionario Institucional, el PRI. Una lógica propia de la “dictadura perfecta”, como llamó Mario Vargas Llosa en 1990 a México, en condición de visitante y delante de un grupo de intelectuales locales incontestables (entre ellos Octavio Paz, ganador del Premio Nobel de Literatura de ese año). Su perfección radicaba, explicó el peruano, no en el uso de la fuerza que caracterizó a ciertos regímenes suramericanos, sino, algo más astuto, en la capacidad para celebrar elecciones siempre que tales estén previamente arregladas. En efecto, un sistema de partido único puede prescindir de la moral.

Ahora bien, para que la dictadura sea “perfecta” hay que construirla y hacerle mantenimiento con arte, para así evitar caer en vías de hecho demasiado notorias que impidan secuestrar el discurso moralista. En el asunto de Venezuela, por ejemplo, el ejercicio del poder chavista excede lo vulgar y por eso ha devenido insostenible, a pesar de lo que ya ha durado. Escribir la palabra “moral” al lado de acción alguna de ese régimen dictatorial, o darle oxígeno de cualquier manera, equivale a ser su igual. En otros países del vecindario, digamos Argentina, con su enrevesadísima política, los peronistas que han agotado al Estado desde hace dos décadas interrumpidas, y que aspiraban a quedarse en el poder a partir de unos desgastados barnices de moral, han quedado sin sustento.

Es decir: aunque una dictadura material puede darse el lujo de carecer por completo de moral administrativa (con tal de que se conserven unas formas apenas democráticas), paralelamente necesita usurpar el liderazgo en lo extrajurídico, que suele estar representado en la definición del deber ser de la vida toda. Ni más ni menos. Por eso, cuando, en el caso argentino, la guerra intestina revela que el último presidente de la izquierda le daba golpes a su esposa embarazada, y que vivía encerrado en su despacho borracho y drogado, con actrices y periodistas a sueldo del partido, las que además eran agentes feministas, pues resulta evidente que, a diferencia del PRI por siete décadas, el viejo supremacismo moral se hizo factor de viudez de poder en los ruidosos peronistas. 

Más allá del legítimo esparcimiento que produce ver la orgía autofágica de los enemigos del frío estratega Javier Milei, es indispensable ser serios: el hecho de que un jefe de Estado sea borracho, drogadicto, o incluso invertido, no significa mayor cosa por sí solo, si este no es un corrupto que, consecuentemente, quiera quedarse en el gobierno. Es de lamentar, pero nunca funciona así, ya que la perversión moral en lo estrictamente personal conduce sin remedio al saqueo, al abuso, al crimen; y estos a su vez determinan que la entrega del poder por parte del gobernante corrompido se haga imposible en el futuro, pues ya es demasiado tarde, hay grandes huecos que tapar y eso no se puede hacer en dichas dimensiones sin el metálico de los impuestos. Eso sí, a veces se ven las costuras: a Vargas Llosa en 1990, unos pillados áulicos priistas, aun en Televisa, no lo vieron venir.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM