Si bien ignoro la génesis de la razón del título que he utilizado, puedo adivinar que fue Gabriel García Márquez, con su El otoño del patriarca, de hace medio siglo, quien puso de moda considerar que en la cuenca del Caribe algún resquicio histórico había que producía estos especímenes humanos tan interesantes, que conjugan el cerrado militarismo con la astucia y el humor cáustico del que no podemos escapar. Ya para entonces había existido el dominicano Rafael Leónidas Trujillo, quizás el dictador por antonomasia; y todavía estaba en el poder un amigo cubano de Gabo, Fidel Castro, que acaso superó al anterior. Sin embargo, la mayoría de dictadores en Latinoamérica no habían sido caribeños, sino andinos, rioplatenses o chilangos, o no nacieron ni cerca del Caribe centroamericano.
Venezuela, que es un país como Colombia, caribeño, andino y llanero, pero con tremendas tradiciones dictatoriales (abunda allí la vocación de berrido militar, lo nuestro es más de exceso de palabras), tuvo su último dictador a título individual en Marcos Pérez Jiménez, por allá en los años cincuenta del siglo pasado. Justamente, cuando Pérez Jiménez, en diciembre de 1957, se había robado unas elecciones para poder seguir mandando, llegaba a Caracas, una semana después, García Márquez a vivir del periodismo. Parece que Gabo siempre estaba donde ocurrían las cosas: pasados treinta y ocho días de su fraude, Pérez Jiménez, bravucón que se la pasaba ofreciéndole guerra a Colombia, huyó como la rata que era. Después sería capturado y pagaría la merecida cárcel.
Uno podría decir que, además de Trujillo y Fidel, a García Márquez lo pudo impresionar en algo la persona o el legado de Pérez Jiménez, y así prometerse escribir sobre un dictador tropical. Pero este hombre era gocho, es decir, más cucuteño “étnico” que caraqueño o maracucho, así que nada tenía que ver con el Caribe. De esa zona de Venezuela, tan parecida a su equivalente colombiana, era Carlos Andrés Pérez; y, si las averiguaciones sobre el pasado nortesantandereano de Nicolás Maduro resultan ciertas, este terminaría por compartir el origen de los dos anteriores. Lo que también trazaría unos inquietantes paralelismos entre el último dictador venezolano oficial y el actual: ambos gochos, ambos ladrones, ambos amigos del fraude electoral, ambos repudiados por el pueblo.
Dicho lo anterior, admito que, por algún motivo (¿el vaho salitroso?), puede que a los caribeños nos seduzca la idea de un gobierno fuerte, ajeno a las medias tintas y el intelectualismo. Tal vez duerme en la sangre remota: ¿la de los primeros marineros andaluces que zarparon dispuestos a morir? En este sentido, cabe preguntarse si ese lastre podría hacer que llegáramos a sentir alguna fascinación por elegir gobiernos dictatoriales, es decir, los que acaban repugnando la ley. No necesariamente, claro; al menos no más que en el resto de las grandes regiones que forman al subcontinente latinoamericano, pues la evidencia es suficiente. De modo que solo puede llamarse licencia literaria a asociar una identidad particular al uso de la fuerza para ganar y mantener el poder (aunque hasta el caraqueño Libertador lo creyera relativamente conveniente). ¿Caerá Maduro? Necesitamos eso.