Voltaire Cousteau fue un nombre tan estrambótico que quizás pudo ser falso. Ahora bien, su portador debió de existir, si lo hizo, en la Francia de finales del siglo XVIII (y legarnos su resumen en la de principios del XIX), pues su muerte ha sido fechada en 1812, sin más datos. Alguien, sin embargo, tuvo que haber escrito aquel decálogo que se le atribuye, “Cómo nadar con tiburones”: tal vez un viejo lobo de mar que pretendió pasar desapercibido, y no lo logró; o incluso aquel que se presentó como el simple voceador del enigmático documento, Richard J. Johns, un famoso médico e ingeniero biomédico de la prestigiosa universidad gringa Johns Hopkins (su apellido en este nombre), que, en 1974, durante una cena, se puso hablar del muy aperitivo tema de los tiburones y la sangre.
Traigo esto a cuento debido al lamentable suicido de una médica estudiante de cirugía, conocido en los últimos días. Averigüé un poco y encontré que, en escuelas de medicina, locales y foráneas, se recomienda a los nuevos aprendices quirúrgicos leer a Voltaire Cousteau y sus diez reglas (que en la práctica son seis) sobre cómo lidiar con las bestias del mar, suponiendo que al océano se refería el francés. Las tres primeras de tales son: asumir que todos los peces sin identificación son tiburones; no sangrar en caso de resultar mordido, ya que es dable aprender eso, lo que tendría la ventaja de confundir a los tiburones (además de la ventaja de no morir desangrado, agrego yo); y, en caso de ataque, darle un sopapo al tiburón en la narizota, como para que se entere de a quien tiene enfrente.
Las tres reglas siguientes son, en su orden: si alguien está sangrando, salir del agua y no intentar ningún rescate; valerse de un programa de retaliación anticipatoria para recordarles cada tanto a los olvidadizos tiburones quién es el que manda, pero sin cortarlos; y, en caso de un ataque grupal de los condrictios, algo infrecuente en esos egocéntricos seres sintientes, pues distraerlos y ya, aunque sin caer en la tentación de echárselos a otro nadador que esté pasando por ahí. Estas seis disposiciones, que más le habrían servido a un torero, son cuestiones que, entiendo, a los residentes de cirugía se les pide tener en cuenta para lidiar con sus maestros, es fácil suponer por qué, y parece que no solo en Colombia. Lo único claro es que ni Voltaire Cousteau ni Johns hablaban de escualos.
En síntesis, uno podría decir que, según un experto, los tiburones son brutales, sí, pero ligeramente estúpidos, de manera que no todo está perdido cuando se les presenta batalla, aun cuando desigual. Aporte propio sería imaginarme al amigo Cousteau en la efervescente Francia napoleónica tratando de prosperar, en medio de la nueva monarquía revolucionaria, por el través de ese imperio modernizador que ciertamente también creó nuevos hombres de poder político y económico, es decir, unas recientísimas soberbias. ¿Eran esos los tiburones de los que, cabalísticamente, se ocupaba el cauteloso autor?; y, en este caso, ¿será que hoy asistimos a la revelación de un imperio como aquel, uno fundado en esta especie de salvoconducto que es conformar la salud de alto vuelo, que cobra plena vigencia apenas se cierran las puertas del quirófano y cuyo símbolo es el escalpelo?