Nada más llegar al país abundan los extranjeros que se admiran de la casi siempre desconocida amabilidad de los colombianos. Ciudades con mala fama externa se convierten, entonces, en un bálsamo para personas que, aunque habían aceptado visitarnos, no se habrían desprendido en ningún caso de sus aprehensiones, como cuando se está en zona bélica o en aquellos andurriales del subsuelo en los que nada ni nadie es respetado. A ellos les es dable comprobar que la proximidad de los nacionales, si bien a veces puede ser un tanto excesiva, supera con su bondad en automático las dificultades que, en términos de convivencia, ofrece un país sometido a su pesar, una y otra vez, a ofensivas y contraofensivas confusas, intercambiables, a veces dizque inexistentes o sin dueño.
No hay que hacer ningún estudio sociológico para entender con sentido común que la degradación en la mentalidad colectiva que produce la persistente violencia es real. Son años, décadas, de un recurrente nerviosismo instalado en las entrañas del país, como producto de la incomprensión recíproca. Eso no se borra de un momento a otro, ni aun en el supuesto de que así se quiera; tampoco es algo que pueda ocultarse indefinidamente ni en todas las circunstancias: tal emoción negativa (cuyo nombre científico no aventuraré) emerge en los procesos de mayor ignición, léanse: en el estrés del día a día, en la confrontación política, o ya merced a la promesa de un triunfo deportivo que, por lo demás, tendría la aparente virtud de reforzar la nacionalidad tan vapuleada.
Hay quienes que se empeñan en asignarle a la “raza” colombiana ciertos condicionamientos genéticos o ambientales, y, a partir de dicha rebuscada forma de determinismo, condenar al país a la pesadumbre existencial. Pero, en problemas como los varios que se presentaron durante la Copa América que finalizó el domingo, nada tiene que ver el destino. Creo que las emociones colombianas, que cuando son buenas son muy buenas, y que harían que ningún ser humano tuviere que sentirse foráneo entre nosotros, una vez han sido descerrajadas de su aburrida razón se naturalizan en la imprudencia, igual que ha ocurrido a gentes de otros lugares a lo largo de la historia. ¿Acaso lo que pasa es que no hemos terminado de vivir épocas remotas que otros ya padecieron? Puede ser.
No debe olvidarse que Colombia (con algunas excepciones en el Caribe) fue uno de los países, de los que conforman esta parte del mundo, más cerrados a la inmigración, privándose así de los vientos renovadores que trae consigo la interacción con otros modos de vida. Igualmente, no hay que perder de vista que la geografía patria, de sobra quebrada, jamás ayudó a vincular histórica y decididamente a las regiones, subregiones, provincias y villorrios. Tengamos en consideración que este grupo humano asentado en la esquina norte de Suramérica lo ha intentado a pesar de todo, y que algo ha logrado en medio de sus miserias. Si la libertad emocional, que es base de la idiosincrasia, encuentra su cauce gracias al orden, ambos ideales grabados en el escudo, a lo mejor alguna vez estaremos más lejos del crudo orgullo localista y más cerca del pacífico cariño por la tierra que nos vio nacer.