Los que estamos cansados del galimatías cotidiano del presidente Gustavo Petro acerca del tal “poder constituyente”, con que amenaza cada dos palabras que dice o escribe, hemos terminado por entender de qué se trata todo esto: aquel es una cortina de humo para su pésima labor administrativa que hoy nos tiene más inseguros, más pobres, más desunidos, más pequeños, es decir, con menos Estado de derecho, menos economía, menos fuerza pública y, hay que decirlo, menos moral como nación.
Él se ha encargado de señalar a sus propios ministros descabezados como inútiles para el país, claro, a modo de lavado de manos (el que debía responder era él, no los exministros masoquistas); algo que, por lo demás, no es sino otra muestra de su habitual actitud desleal.
Pero que esa ceremonia de expiación le funcione a medias no quiere decir que ella haya dejado de ser peligrosa en relación con el impulso al cuento de convocar una asamblea nacional constituyente, con la que, a buen seguro, él pretendería imponer la reelección presidencial indeseada por la gran mayoría de los ciudadanos. No porque algún presidente de la República no pudiere llegar a merecer un período adicional, si ha sido gobernante de provecho, sino porque las gentes no lo quieren a él en particular, a Petro, cuatro años más en el poder. Les basta tener que aguantarlo durante los veinticinco meses que le faltan a su mandato: es evidente que ni siquiera los más humildes de los colombianos ven verdad profunda en su discurso o persona. Que finja indiferencia no cambia esto.
A principios de 2022, en la última columna de Antonio Caballero, creo, el desaparecido escritor bogotano recogía la conclusión que une a millones de compatriotas en relación con el actual presidente, usando cuatro palabras que incluso un niño diría: “Petro es un mentiroso”. Parapetados en “ideología”, ha habido colegas de Caballero que han trabajado por lavarle la cara al huésped de Nariño implicando que “la gente siente desconfianza hacia Petro”, como si se tratara de una víctima de la maledicencia o el chisme, y no de la real sensación de estafa que se apodera de las conciencias vecinales cuando oyen al jefe de Estado proponer charlatanerías e irrespetos, y acto seguido dejar ver las ganas que le sobran de quedarse, con nocturnidad sabrosa, en el palacio que dice repudiar.
Esos opinadores a sueldo ya se las verán con la historia, que es un bumerán que no perdona. Mientras tanto, que sea la gente la que juzgue y diga. Petro no representa el alma de Colombia, no solo por su mal desempeño y desagradable talante, sino porque es sabido que ningún político que se presente como la encarnación del pueblo es saludable para nadie. Que, increíblemente, este sea un país civil y democrático en el fondo, no significa que la legitimidad de Petro vaya más allá de la aguada tolerancia, la cual deberá extenderse con esfuerzo hasta agosto de 2026. No se necesita de ninguna encuesta, más o menos paga, para percibir el mal gobierno; es suficiente caminar por las calles para confirmar que, sin ser la gran cosa, aquella Colombia que conocíamos perece. Entonces, plantarle cara al fútil “poder constituyente” es clavarle un no sin ambages al reeleccionismo de Petro.