Nunca he podido olvidar aquel libraco de su autoría que el profesor de derecho laboral recomendaba desvergonzadamente en clase, al punto de que, en verdad, no había tal recomendación y era prácticamente obligatorio, si se quería pasar la materia, comprar y leer “la obra”. Pero no lo olvido por bueno, sino por malo, por mal escrito, pesado, saturado de anfibologías y citas fuera de contexto. Un exquisito ladrillo que terminaba por confundir más al pobre estudiante de lo que estaba antes de ahogarse en su lectura; y que, justamente por eso, no le dejaba más opciones que devolverse a la norma diabólica, y a la jurisprudencia, para al menos comprender lo básico y entonces tratar de retornar al ejemplar a ver si, por la gracia de Dios, ya era posible desentrañar al escritor-evaluador.
El resultado de la operación anterior, quién lo diría, era semejante al de una carambola afortunada: de tanto trajinar con el tema en cuestión, y de volver una y otra vez al texto confuso, el atormentado proyecto de abogado acababa por medio entender el asunto, después de haber luchado a desesperado puñetazo limpio con la truculenta redacción legal. Así, muy a su pesar, el mentado libro se convertía en una especie de catalizador que, no obstante la oscuridad que producía, estimulaba a las malas al desdichado que tenía que leerlo para aprobar el curso. Juraría que el vanidoso profesor jamás contó con este extravagante efecto de su trabajo: a lo mejor creía que los alumnos en verdad valoraban sus palabras y respetaban su aporte, digamos académico. No me queda ninguna duda.
Cuando me ha tocado ir al médico, he recordado esto. En lo personal, me da tanta flojera ir a ver un doctor, o presentarme a exámenes o terapias, que normalmente tengo que hacer acopio de toda la fuerza de voluntad de que soy capaz para cumplir los compromisos de la salud. He llegado a pensar que, en algunos casos, puede ser tan certero en la mente el afán por finiquitar todo procedimiento relativo a la mejoría del cuerpo, que a este le da por empezar a sanarse por su cuenta antes de que la prescripción médica sea ejecutada en su totalidad, con tal de exonerar a su dueño de los menesteres en ello involucrados. Solo a veces, cuando el dolor físico es insoportable, creo que someterse a la parafernalia clínica alcanza a ser un alivio y, en esa medida, a ser deseable.
Son muchas personas las que sienten desconfianza en los pasillos de clínicas y hospitales, ante la terminología científica, los olores esterilizadores, las agujas o las voces de los enfermos. Otras temen la frialdad de un diagnóstico adverso, la soledad de un camino tal vez sin retorno o simplemente la desesperanza. Por eso abundan quienes prefieren abstenerse de acatar la visita forzosa al especialista y tratan de curarse por su cuenta, siempre que el malestar se lo permita. Ciertamente, a veces obran milagros y de allí resulta que el paciente recobra el aliento; es cuando asoman los que dicen que sí, que el cuerpo se cura solo y que la bondad del régimen está en darle tiempo para que lo haga, mediando observación profesional y medicamentos para el sufrimiento. En otras ocasiones no hay más remedio que recobrar la seguridad facultativa, obedecer y esperar sus buenos efectos.