Severas leyes simplifican la multiplicación de los delitos

Columnas de Opinión
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Si analizamos calmadamente la situación en que hoy se encuentra el país, podíamos concluir que es de la más alarmante gravedad y que ha llegado el momento en que los poderes de la democracia adopten medidas supremas de las cuales pende la suerte de las instituciones y el porvenir de la República. 

Los constantes crímenes, las extorciones que no cesan, los incesantes secuestros, las guerrillas, el paramilitarismo, las inquebrantables hambrunas, las epidemias, tienen al país ensangrentado y sumido en la orfandad y en la miseria.

El nuevo “cambio” que al parecer se ganó la confianza de los colombianos y creyeron en el “cambio” hacia el progreso, no ha girado ningún grado al perfeccionamiento. Por lo contrario ha sido un vuelco al ultraje y provocaciones a los compatriotas y se entrega con increíble audacia a programar las mismas doctrinas disociadoras que han aplicado, Maduro, Ortega y la familia Castro, las que han llevado a sus naciones a tan deplorable situación de abatimiento.

El poder no es una alegoría, ni es tampoco una dádiva graciosa ni una investidura honorifica; es una carga que impone Dios, interviniendo legítimamente la comunidad y que lleva consigo tremendas responsabilidades,

A grandes males es forzoso aplicar grandes remedios; ya estamos cansado de utopías y de teorías ampulosas, empobrecida y desangrada la nación se encuentra reducida a los extremos de la desaparición, pide clamorosamente, pide con perfecto derecho y espera por instante el remedio supremo; remedio que consiste en el ejercicio de un poder honrado como fuerte, fuerte por la justicia, fuerte por la energía y por la inquebrantable fe con que ha de hacer cumplir sus decisiones.

Sin embargo, las autoridades estatales siguen pregonando al pueblo que no haga justicia con sus propias manos, como si toda su historia de atentados no fuera bastante a demostrar su índole y su tendencia. El Nobel Gabriel García Márquez en una ocasión manifestó que “los colombianos llevamos cien años matándonos para poder vivir” y de pronto se equivocó por cien años.

 Para reprimir todas esas olas de atentados, extorciones y secuestros, forzosamente no existe otro remedio que agarrotarla de otra manera que, por medio de la fuerza, así como dice mi amigo Maximiliano Iglesias, “esto se arregla es con plomo”. “Quien da espada muere a espada”,  dijo Cristo una vez, creo que este si fue preciso en su apreciación

El país ha vivido cerca de setenta años de consecutiva democracia, cerca de setenta años eligiendo a sus gobernantes, por esta razón abrigo la plena certidumbre de que en ningún caso toleraría una dictadura. Incluso la situación del país está dando motivos para un nuevo alzamiento; y sería una bandera alrededor de la cual se reunirían muchas agrupaciones políticas que ahora se encuentran desunidas de igual manera podía pasar, si el presidente Pedro trata de realizar una nueva constitución.

El Poder Legislativo, debe proponerse a realizar un cambio total en las leyes y realizarla con fuertes severidades, olvidarse de que los capturados, por no ser tomados en flagrancia deben ser puestos en libertad, a los criminales atroces no deben castigarlos con retención domiciliaria, los delincuentes comunes tomados en flagrancia deben ser condenados aunque no registren antecedentes, probablemente con unas fuertes deshumanas normas, la justicia puede empezar a  tomar el camino sobre rieles y paz comenzaría a reinar entre nosotros y las noticias ya no vendrá cardadas de explosivos, sino de primicias y en vez de las bombas de la muertes sembradoras de espantos, pase sobre las ciudades, brindándoles el dulce fruto del pensamiento humano.     

Columna de Opinión e-mail: jaiisijuana@hotmail.com