Mascarada

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En 1842, a los treinta y tres años, el autor bostoniano Edgar Allan Poe publicó en el Graham’s Magazine su cuento La máscara de la Muerte Roja, fábula de tinte gótico que aún estremece a sus lectores profundos. Poe murió siete inviernos más tarde, todavía no se sabe muy bien a causa de qué; no obstante, habida cuenta de las circunstancias previas del deceso, devino oficial que fue el delirium tremens (es decir, el delirio que tiembla, literalmente) lo que mató al genial niño huérfano, joven rebelde y al final viudo alcohólico y atormentado. He leído con deleite, en voz alta, el poema narrativo El cuervo tanto como he podido: al acabar siempre imagino a los espectros que a algunos les es dado ver, esos que a otros sencillamente no…, y en el precio que debe pagarse por hacerlo.

La máscara de la Muerte Roja me pone a pensar en un Poe ceñudo, sin haberse sentado a escribir lo suyo aún, leyendo la historia que había sobre el siglo XIV eurasiático, cuando una enfermedad que se manifestaba tímidamente en la mañana de cierta persona, en cuestión de horas la iba destruyendo con fiebres altas, sangrados, manchas negras en la piel –gangrena incluso- y que coronaba al paciente sediento y ahogado con el estallido de bubones, inflamaciones oscuras nacidas en el cuerpo que, ya abiertas, eran el olor pestilente de la certeza de la muerte: de la Muerte Negra (pandemia también conocida con los motes de Peste Negra o Peste Bubónica); lo que a esas alturas llegaba, diríamos, a modo de remedio nocturno para el miserable que no merecía seguir sufriendo.

Edgar Allan Poe transpuso esto a nuestra imaginación, lejana, ajena; desde luego, con natural energía y maestría de precisión; pero, en medio de su habitual intensidad, emerge un aditamento algo moral que juzgo extraño a su universo. El baile de máscaras que el noble protagonista del relato organiza con fasto, meses después de iniciada su exclusiva cuarentena en una abadía almenada en la que sus pares lo acompañan, ¿a quiénes retrataba realmente? No quiero imaginarme cosas no dichas ni insinuadas, vicio en que el grueso de los leedores cae; sin embargo, ¿acaso no hay afán moralizante en el hecho de que la Muerte Roja (figura amortajada que es la propia Parca) solo mate, media hora por cliente, a los indiferentes privilegiados que huyen del contagio de la plebe de afuera al momento de exhibirse intangibles en la celebración orgiástica de su retiro, y no antes? 

Parece que Poe percibió, a propósito del mal medieval que usó en su trabajo, la pagana confirmación de que la salvación temporal puede existir allí donde no haya vanagloria de nada, y que, si esta se presenta, con alguno de los mil atavíos que luce la vanidad, la apertura de la puerta de lo incierto estará, entonces, recién terminada. Hoy, igual que hace casi siete siglos en Asia y en Europa, la vida es de repente insoportable incertidumbre justo en el instante en que todo se creía inventado y dominado (¡y aquellos que ni siquiera de América sabían!). Si estuviera vivo ahora, ¿qué diría Poe de las sociedades actuales, excesivamente pagadas de sí mismas a la par que asustadas? No lo sé. Tal vez podría creer que las caretas con que se oculta la humanidad no habrán de caerse jamás.



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