El día en que la sal llegó

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Escribo este artículo el 18 de febrero de 2020, bajo la comodidad bogotana de una calefacción eléctrica y la lámpara verde de luz cálida que acompaña mi escritorio. Son las 11.30 de la noche y releo la crónica de Alberto Salcedo Ramos sobre El Salado, un corregimiento de El Carmen de Bolívar que exactamente hace 20 años fue aniquilado en una masacre sin precedentes por los grupos paramilitares de las AUC.

Es inevitable que las lágrimas se me asomen y se me encoja el pecho mientras leo, en libros y periódicos, la manera en que mataban a los habitantes de un pueblo sin suerte, como muchos otros de este país, donde la sangre se derrama primero que la leche y donde la muerte llega primero que el Estado.

El 18 de febrero del año 2000, unos 300 paramilitares llegaron a El Salado buscando delatores de la guerrilla, escogiendo como escenario del horror la cancha de fútbol de cemento construida, quien lo dijera, para jugar. Mientras iban llamando con listado en mano a los supuestos sapos, los masacraban uno a uno al son de tamboras y gaitas que ellos mismos tocaban como un canto de burla y de venganza. Un festín de desmembración y muerte, una lluvia de balas de fusil y cuchillos con los que cortaban cabezas y orejas. A una mujer le ataron una soga al cuello mientras la arriaban como una bestia por la cancha, luego la ahorcaron. A otros los pusieron en fila recta mientras anunciaban que los numerarían y al que le tocara el número 30, ese moría. Otras corrieron no sólo con la suerte de morir sino con la humillación de ser violadas o empaladas por la vagina como banderas que enarbolaban el triunfo de la demencia y la barbarie sobre la vida. Esa noche tuvieron que “dormir” obligados con las puertas abiertas.

Sí señores, hace 20 años, a unas cuantas horas de Cartagena, se desató una de las matanzas más espeluznantes que haya ocurrido en la historia de Colombia. Porque, aunque muchos más jóvenes que yo no lo imaginen, ese era el país en que vivíamos. Un país al que nadie quiere volver, pero que es necesario recordar.

Hoy sin embargo, El Salado se ha ido repoblando poco a poco luego de que unos valientes decidieran retornar en el año 2002 al lugar que algún día fue su casa. Volvieron llenos de miedo a un pueblo fantasma donde las casas ya no se veían por los matorrales y los bichos. Llenos de esperanza, son un ejemplo de reconciliación y de resiliencia para muchos de los que creemos entender la crudeza de la guerra, e incluso de la paz, desde la comodidad de nuestro cuarto.

El recuerdo de El Salado nos restriega en la cara lo inefable de la violencia, lo que no queremos ver cuando miramos hacia el futuro de un país como el nuestro. La esencia más pura del dolor y la mezquindad del ser humano. Pero el recordar tiene también la función de intentar no repetir. Como las películas del holocausto nazi que salen cada año a refrescarnos esa capacidad que tiene nuestra especie de acabar consigo misma, sin que se nos arrugue siquiera la camisa, sin que seamos capaces de vernos en el otro. Por eso es importante recordar lo triste que ha sido nuestra historia reciente y lo necesario que es trabajar por la reconciliación y la paz, porque, no nos digamos mentiras, los habitantes de estos sitios pobres y apartados, como diría Salcedo Ramos, “sólo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren luego existen”.

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