Pueblos solos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

En julio de 1969 se disputó en Centroamérica la final de las eliminatorias de la Concacaf para la Copa Mundial de Fútbol México 1970.
Allí, el único cupo tuvieron que peleárselo dos de los hijos de la colonial Capitanía General de Guatemala: Honduras y El Salvador. Luego de sendas victorias de cada equipo local, el partido de desempate se jugó en la Ciudad de México (donde El Salvador se impuso). El enfrentamiento directo de los seleccionados de balompié de bandera casi idéntica no hizo sino acentuar la tensión que ya existía entre las naciones representadas, algo manipulado por los Estados Unidos, y, sobre todo, creado por las mezquinas élites respectivas de esos expoliados países. Sin embargo, los que después irían a esa, la llamada Guerra del Fútbol, serían los sin tierra de ambas orillas, gentes sin divisa ni interés en tener una.
Resulta que El Salvador, a pesar de ser pequeño, pues apenas posee el 20% del área de Honduras (piénsese en la superficie del Departamento de Magdalena), sobrepasaba a este Estado en casi un 30% en cuanto a habitantes. Tal situación de hacinamiento poblacional instigó que la minoría salvadoreña captora de la riqueza alentara la emigración, con fines económicos, de millares de sus connacionales hacia el territorio hondureño. Cuando esto ocurrió masivamente, y los terratenientes hondureños temieron que los campesinos salvadoreños forzaran una reforma agraria –o similar-, se impulsó, desde bien adentro de la entraña catracha, la expulsión violenta y armada de los inmigrantes guanacos en dirección a su espacio vital.
El Salvador reaccionó hipócritamente –o, quizás, emocionalmente, con falso orgullo- y se aprestó a “defender” a los queridos paisanos que poco antes él mismo había despreciado. Aquí vino el encuentro de fútbol referido, subterfugio común de los dos militares que gobernaban los mencionados pueblos para hacer la guerra “patriótica”. (Al parecer, lo que allá gusta: por ejemplo, hoy el figurín presidente salvadoreño se aprovecha de la malicia ingenua de los empleados públicos de modo que cumplan tareas populistas –“humanitarias”- en su causa). Caídos hubo de entre los menesterosos de uno y otro lado de la frontera: verdadera nacionalidad de estas culturas siamesas. El Salvador atacó el campo hondureño y venció en la lid de cuatro días.
Pero, en realidad, El Salvador no ganó nada. Después de 1969, se hundió tranquilo en sus vernáculas injusticias, hasta que la guerra civil encontró forma por fin en 1979, y hasta 1992, merced al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. En diciembre de 1981, un cobarde al mando de sus iguales, el coronel Domingo Monterrosa, perpetró en nombre del Ejército salvadoreño la peor masacre del hemisferio occidental en la última época: El Mozote. Más de mil muertos inocentes (muchos, niños “auxiliadores de la guerrilla”) a manos de borrachos que todavía andan por ahí, y cuya genética sin soberanía monetaria se incubaría también en los Estados Unidos (a donde hordas fueron a dar, junto a los refugiados que provocaron), por efecto de la Mara Salvatrucha, La 18, y demás nazis de pacotilla que políticos salvadoreños han prometido derrotar; meta que, claro –por mentirosos, inestables o incapaces-, no han logrado ni lograrán. Colombia, que ya se sabe esto, debe abatir con certeza cualquier rumbo de imitación.
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