La locura europea

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

Tom Quinn, periodista gringo fallecido -y vivido- en Colombia, padre de la también jornalista -ahora metida a política- Darcy Quinn, alguna vez salió con un apunte sociológico sobre nuestro país que siempre me gustó mucho, por lo concreto y veraz; dijo Quinn que en Colombia la clase alta quería ser europea -nada más cierto-que la clase media se moría por ser gringa -¿hay alguna duda?-, y que, finalmente, la clase baja ansiaba ser mexicana (aunque creo que aquí Quinn exageraba un poco, pues lamentablemente no creo que la gente pobrísima de Colombia sepa que efectivamente hay algo llamado México cuya cultura, modos, amaneramientos y vicios pudieran imitar, de ser el caso).

¿Y colombiano?, ¿quién, según Quinn, quería ser colombiano? Nadie. En otras palabras: a nadie le interesa no tener identidad, idiosincrasia, personalidad nacional: nadie está interesado en carecer de enjundia, fuerza, sabor, contenido. ¿Tenía razón Quinn, quien se mató en un accidente de tránsito en Bogotá? Puede ser.

Pues yo creo que es de esto de lo que más acusadamente adolecemos en este país: ausencia de un estilo colombiano para construir la sociedad, que no sea, claro, el estilacho de la coca, el balín y el mafioso, que eso no es nada más que la matriz de los gobiernos de delincuentes que nos toca sufrir, esa es una simple degeneración de la idea de hombría, que, falsa como es, inunda con su pirotecnia la cabeza de tantos jóvenes, y no tan jóvenes, quienes ven en el delito la respuesta a la mediocridad de sus vidas en un país que, aceptémoslo, tampoco tiene mucho que ofrecer. Ahora: lo que ha pasado en la pacífica, rica y culta Noruega debe hacernos pensar acerca de lo que estamos haciendo aquí.

Y es que, si bien los pueblos latinoamericanos (y, claro, no sólo el nuestro) todavía cimbrean como gelatina, pues un parcito de siglos no es suficiente para estabilizarnos, es verdad, la respuesta social recurrente a casi todas las preguntas, hasta ahora, ha sido irse a donde ya todo estaba inventado -principalmente Europa- para traerlo y adoptarlo aquí, la mayoría de las veces sin pensar en las consecuencias.

Nos hemos acostumbrado -nos han acostumbrado- a pensar en lo europeo como lo cierto, lo definitivo, lo absoluto, a partir de lo cual modelar nuestras vidas; pero, ¿debe ser esto así?, ¿no será que el apegarnos a los estilachos de allá puede ser tan perjudicial, a la larga, como auto-complacernos con los de los matoncitos locales que nos gobiernan aquí a partir de la ignorancia del pueblo? He llamado a este artículo "La locura europea", para significar cuán desenfocados me parecen muchos, demasiados, de los amigos europeos, tan autosuficientes, que se pasean por el mundo queriendo imponer su pensamiento, como si tuvieran la razón en todo, incluso en las matanzas que protagonizan, como si hasta en eso fueran mejores que el resto.

Me pregunto, entonces, ¿tal vez he debido intitular esta nota como "La locura de nosotros", que imitamos sin vergüenza todo lo de allá -y lo de los gringos- como si de verdad estuviéramos colectivamente enfermos de la cabeza, como si no pudiéramos hacer algo mejor que prohijar la basura que aquellos "primermundistas" se dignan compartirnos?