Fuga de cerebros

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Un importante personaje, cansado del hijo calavera, decide castigarlo consiguiéndole un empleo, y habla con un influyente amigo político: el muchacho no tiene título profesional. -¿Te parece si le damos un ministerio?25 millones mensuales. -No, gracias; algo que no sea muy bien remunerado. -En ese caso, un instituto importante, 15 millones mensuales.- No, tampoco. Algo de unos 3 millones mensuales y tenga que trabajar. -En ese caso, le puedo conseguir un contratico de prestación de servicios con salario integral, 8 horas diarias sin recargos ni compensatorios, pero necesita título profesional, especialización, dos idiomas y  experiencia de 5 años.

 

Es sobrecogedor el drama de muchos hogares colombianos y, en general, del tercer mundo. Apostar a la mejor educación que cada padre puede dar a sus hijos es la razón de muchos sacrificios familiares, económicos y sociales. Ya sea en universidades públicas o privadas, en las de renombre y las desconocidas, miles de estudiantes logran culminar sus estudios, con máximas calificaciones, o raspando, no importa. Padres y alumnos salen con una maleta repleta de ilusiones en la cual cargan también la frustración. Sí, la frustración de chocar de frente contra el muro de la realidad.

La falta de oportunidades para el ciudadano del común, los salarios infames que les proponen sin contratos laborales, los excesos de trabajo sin remuneración ("trabaje, mijo, para que lo vean y puedan contratarlo") y un kilométrico etcétera de razones similares. No hay Judas Tadeo que valga.

Entonces, muchos prueban suerte en países más amables con los jóvenes talentos, capaces de transformar el mundo. Allí, dónde la idoneidad y competitividad son bastante más apreciadas que las palancas y las roscas, esos muchachos se entregan con alma, vida y corazón para lograr sus sueños.

A muchos, la responsabilidad les abre los caminos del éxito, lejos de casa, claro está, pero sin otras frustraciones. Los países emprendedores, dirigidos por personas que piensan muy poco en llenar la tula pero sí en darles a sus conciudadanos mejor calidad de vida, han captado a los mejores y más innovadores cerebros, y los frutos aparecen incuestionables, resumido todo en una frase: calidad de vida y oportunidades para los valiosos.

Estados Unidos, Corea, Alemania, Francia, Reino Unido, China, Rusia, etc, tienen gobiernos organizados, solidarios, respetuosos de las leyes, -con las conocidas excepciones de incompetentes e intolerantes-, así como ciudadanos dispuestos a darlo todo por su familia, su empresa, su país. Y, curiosamente, esas naciones sufrieron guerras horrendas. Ahora que Colombia se apresta a finalizar el conflicto con las Farc y, eventualmente, con el Eln, ¿nos pasará igual que esos países devastados por la guerra? ¿Habrá un "Plan Marshall" manejado con honestidad, prudencia, decencia, solidario e incluyente, o servirá para atiborrar las insaciables alforjas de los corruptos? ¿Se invertirá en sectores sensibles, como educación, infraestructura, inclusión social, investigación y desarrollo, etc?

El asunto no es otra cosa que inversión social con propósitos de desarrollo social, crecimiento económico, inclusión, respeto, tolerancia, en fin, todo cuanto nos saque de la nación medieval que tenemos, donde muy pocos todo lo tienen y muchos sobreviven en la extensa franja de pobreza y miseria, con una limitada clase media exprimida con impuestos interminables que, sin desearlo, sostiene la infame burocracia, causa de la anemia financiera colombiana. Y, claro, se requieren entes de control funcionales, y  normas modernas que favorezcan los cambios.

No es agradable el exilio, pero es la vía que eligen muchos profesionales en disciplinas mejor valoradas en el extranjero, en busca de esas oportunidades negadas en Colombia. En un mundo cada vez más pequeño, el olor de la guayaba ya no es el imán que jala. Vale más el reconocimiento a los méritos que los portazos en las narices, la justa retribución que la esperanza inútil, o las garantías estatales de educación, salud, seguridad y demás que las roscas infames, la despiadada concentración de riquezas, los favorecimientos y demás plagas egipcias.

Porque, para ellos, es mejor nutrir el intelecto de países huéspedes que atrofiarlo en una Colombia que te ofrece más, sí, más rumba, paseos y turismo pero mucho menos oportunidades de desarrollo profesional. El país más feliz del mundo no rompe su círculo vicioso y sigue anclado en el pasado, mientras nuestros mejores intelectos ayudan al progreso de los  demás. Bonito así.

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