Santa Marta, no es ajena a estas festividades que si bien es cierto, no son las institucionales, igual se gozan y disfrutan porque son nuestras, al punto que la ciudad se paraliza.

Adalgiza Padilla.
Escritora
Santa Marta, nuestra ciudad, no es ajena a estas festividades que, si bien es cierto, no son las institucionales de nuestro Distrito, igual se gozan y disfrutan porque son nuestras, al punto que la ciudad se paraliza. Conservan nuestras tradiciones de antaño, transmitidas a las generaciones venideras, cultivándose primero por los padres cuando desde los primeros años de edad, heredan a sus hijos las costumbres del carnaval, vistiéndolos con atavíos alusivos a estas festividades, las cual se van fortaleciendo en las instituciones educativas distritales, al punto que dentro de su cronograma cultural las resalta como fiestas tradicionales, lo cual contribuye para que nuestras raíces y tradiciones no desaparezcan.

Vivir el carnaval es una muestra de pasión, libertad, creatividad, de fraternidad, en donde sin conocernos nos volvemos amigos, donde se mezcla danza y el bailoteo. Es una manera sana, graciosa, que ha permitido conservar la cultura y la tradición, en donde para gozar no existe la estratificación, se lo gozan pobre y rico con el solo retumbar de los tambores, el llamador y la flauta de millo en donde el único mandato es divertirse. Tanto así, que en nuestra región Caribe se despierta nuestro sentimiento carnestoléndico a los 12: 01 a.m., al iniciarse el Año Nuevo.
Lo importante de carnaval es que ha conservado sus raíces año tras año, aunque nuevos ritmos hoy tengan influencia. El carnaval ostenta su propia identidad con su música, colorido, atuendos y comportamiento, lo que hace que en el exterior nos vean como la muestra cultural por excelencia y como la festividad que marca como emblema al colombiano.

Si bien es cierto ir a la vanguardia con las fuerzas de los impactos de las tecnologías que influyen en el diario vivir y en la trasformación de la cultura, las fiestas del carnaval no han sucumbido ni ha sido alterada por esa influencia, por el contrario, se aprovecha para mejorar su colorido. Para muchos, el carnaval es símbolo de remembranza, donde se traen a la memoria anécdotas, que luego son contadas en tertulias a nuestros familiares más jóvenes, como símbolo de hazañas, haciendo valer el dicho “que quien lo vive es quien lo goza” y que un carnaval nunca será igual al pasado.
Una historia para contar y volver a contar
Cuenta el samario, Manuel José Del Real, en su libro “Rasgos Históricos de Santa Marta”, sucesos que vivió hace ciento cincuenta años, que tradicionalmente las carnestolendas se iniciaban en el antiguo resguardo indígena de San Jerónimo de Mamatoco con las festividades de San Agatón, la cual se celebraba víspera del sábado de carnaval, estas celebraciones eran como un juego, donde se usaba polvo perfumado, pintura finas y disfraces.

Ese viernes casi todos los samarios se trasladaban al pueblo en carros de mulas, que eran los únicos vehículos que existían en esos tiempos. Era costumbre en las fiestas sacrificar una res o cerdo para obsequiarse a los sacerdotes, músicos y mayordomos, después de cantada la salve de la suntuosa víspera, las respectivas mesas estaban servidas espléndidamente en la casa de la fiesta, los platos acostumbrados para esa época era chicharrón con sangre, pasteles con garbanzo, papa y alcaparras, tajadas de plátano frito, postres de dulces preparados con las frutas de la región y no podía faltar el delicioso café fresco que con su aroma invitaba a un buen descaso.

El resto de la noche se pasaba en vela, animadas con Ron Papare, elaborado por el empresario Manuel Julián de Mier, propietario de varios trapiches de la ciudad.
Los vecinos visitaban los bailes y las cumbiambas, cantando canciones populares acompañadas de instrumentos de cuerdas, toda la noche eran idas y venidas, tropezándose una y otra vez con las mismas personas por las mismas calles, las muchachas se engalanaban y solo reinaba la alegría.
La fiesta del santo Agatón
Al terminar las festividades en Mamatoco en honor al santo patrón San Agatón, toda la concurrencia como bandada de aves emigraban a Santa Marta, el camino a San Pedro se poblaba de gente de todas las edades en carros de mulas y muchos a pie.

Al llegar a Santa Marta comenzaban los bailes en el edificio del Seminario Conciliar o en las casas de familias festivas, por todas partes se oían los retumbares de la música de viento, los acordeones, las gaitas, las cambamberas y de media noche en adelante hasta que rayara el alba, pasaban pocos momentos de reposo y se prendía de nuevo el bullicio, no faltando el disfraz tradicional del tigre.
El carnaval terminaba con agua el Miércoles de Ceniza, se cuenta que para esa época, no obstante del entusiasmo, bullicio, jolgorio y el uso desmesurado del alcohol nunca hubo muertos. De pronto un herido por algún disgusto, pero estos incidentes no eran motivos para quedar con rencor, ni venganza, ya que el samario se consideraban una sola familia.
La fiesta por excelencia
El carnaval ostenta su propia identidad con su música, colorido, atuendos y comportamiento, lo que hace que en el exterior nos vean como la muestra cultural por excelencia y como la la festividad que marca como emblema al colombiano.
Destacado:
Vivir el carnaval es una muestra de pasión, libertad, creatividad, de fraternidad, en donde sin conocernos nos volvemos amigos, donde se mezcla danza y el bailoteo.