Ver a España salir campeón en España y rodeado de españoles es, en definitiva, la manera más auténtica de entender la idiosincrasia de ese país.
Todo, desde el descalabro inicial contra Cabo Verde hasta la sacudida de fantasmas alcanzando la gloria ante la Argentina de Messi, fue una progresión frenética de sentimientos y actitudes que sus ciudadanos experimentaron y que revelan el ADN más íntimo de un pueblo que, al igual que pasa con nosotros en Colombia, ven en el fútbol un componente esencial de su cultura. Uno sin el cual muchos de los principios que defienden como sociedad perderían un vehículo tremendamente ilustrativo a través del cual materializarse.
Pero primero, contexto: España no sólo cuenta en su palmarés con el club más veces ganador de Liga de Campeones (Real Madrid, 15), sino que también tiene al club con mayor cantidad de trofeos en su competición hermana, la Liga Europa (Sevilla, 7) y es, al mismo tiempo, el país que más veces ha levantado la Eurocopa (4 tras la última victoria de 2024). Si a esto le sumamos que, además, su campeonato local, LaLiga, está cabeza a cabeza disputando el título como la mejor liga de fútbol del planeta junto a la Premier League inglesa, es inevitable hacerse la pregunta más lógica que a cualquiera se le vendría a la mente: ¿cómo es que tal dominio en el campo y tradición fuera de éste sólo se han traducido en dos Copas del Mundo?
Y ahí está justamente la gran paradoja del pueblo español, la de la gloria aplazada. La de ser un coloso futbolístico y, a pesar de ello, ser el último país dentro de las cinco grandes ligas del continente en coronarse campeón mundial, teniendo que esperar hasta el Siglo XXI para probar la inmortalidad por primera vez cuando ya siete de sus rivales directos habían pasado por ahí. Ese, con absoluta seguridad, debe ser el peor de los castigos. El de saberse bueno, incluso mejor que tu rival, y no ser capaz de consolidar en la realidad el potencial de lo que sabes que puedes dar, al menos en el papel. Una seguidilla de fracasos que, tal cual como nos sucede a los colombianos, te vuelven escéptico de tus capacidades, desconfiado de tu calidad y agorero de la fatalidad.
Cosa que se ha evidenciado entre los españoles a lo largo del torneo. Primero el mazazo del empate, donde los temores de la debacle parecían cernirse sobre la península; luego la esperanza de ver que el equipo mostraba reacción ante Arabia Saudí y Uruguay, y de ahí para arriba la carrerilla hasta la consagración, yendo de menos a más hasta doblegar a Argentina de principio a fin. Incluso los comerciales de cerveza en la televisión pública invitaban a tener fe, a dejar de pensar que el episodio de 2010 fue un accidente y comenzar a confiar en lo buenos que eran y en que tienen con qué repetir la hazaña una y otra y otra vez con el talento que producen. Podríamos aprender mucho de ellos y empezar a creérnoslo.