La República a dos velocidades

Columnas de Opinión
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Hay una forma de exclusión que no grita, no insulta y no se anuncia con consignas: se redacta. Se oculta en la elegancia de los requisitos, en la aparente neutralidad de las fórmulas, en el tecnicismo de una condición que, en el papel, aplica para todos, pero en la vida real solo puede cumplirla unos pocos. Como ciudadano que ha aprendido a leer el poder, cada vez estoy más convencido de que muchas de nuestras heridas no nacieron únicamente en el campo de batalla, sino en la arquitectura jurídica que vino después.

Si uno mira con cuidado el diseño republicano temprano, encuentra una ciudadanía a dos velocidades: una ciudadanía plena, habilitada para decidir, y otra ciudadanía tolerada, convocada para obedecer. No era solo quién vota, sino quién cuenta. Y ahí aparece la paradoja: la República se fundaba en la soberanía popular, pero administraba esa soberanía como si fuera un bien escaso, dosificado y condicionado.

Lo decisivo no es repetir que hubo restricciones —eso es sabido—, sino entender cómo opera la restricción cuando se viste de virtud. La propiedad, el oficio independiente, la reputación, la alfabetización como umbral político: todo eso se presentaba como garantía de responsabilidad y orden.  Sin embargo, leído con lentes contemporáneos, el resultado era evidente: la ley parecía abrir la puerta, pero colocaba el picaporte tan alto que la mayoría no alcanzaba a tocarlo. 

Y esta es una clave que me importa subrayar: la exclusión más eficaz no siempre es la que se declara por motivos identitarios, sino la que se produce por condiciones materiales. Porque cuando el requisito es saber, tener, ser independiente, el Estado puede decir: “yo no excluyo a nadie; solo fijo estándares”. Pero si el propio sistema social ha negado históricamente educación, tierra, salario digno y movilidad, esos estándares funcionan como una sentencia anticipada: usted nació afuera. La igualdad queda proclamada, pero la ciudadanía queda aplazada.

Ahora bien, sería cómodo encerrar esto en el museo del siglo XIX y decir: así era la época. Pero yo sospecho que el legado más persistente no es el requisito en sí, sino la lógica: la idea de que el pueblo es peligroso cuando decide por su cuenta. Esa desconfianza cambia de ropaje con los años. Ya no se expresa en la propiedad mínima o en la letra escrita, sino en nuevas formas de desigualdad: acceso a información de calidad, capacidad de verificar, alfabetización digital, burbujas de desinformación, microsegmentación emocional. Hemos ampliado el sufragio, sí, pero seguimos padeciendo una ciudadanía quebrada: unos deliberan; otros reaccionan. Unos discuten pruebas; otros consumen relatos.

Intuyo que el riesgo no es que falte el voto —el voto existe—, sino que falte la deliberación y sobre todo falte la responsabilidad pública. Se instala una política donde el argumento se mide por aplausos, la legalidad se percibe como estorbo y los controles se presentan como enemigos. En ese escenario, las instituciones dejan de ser árbitro y se convierten en botín; el debido proceso se confunde con impunidad o con persecución, según convenga; y el Estado se va pareciendo demasiado a un pleito permanente, donde cada parte intenta arrastrar la justicia a su bando.

Mi síntesis, en clave jurídica, es simple: la democracia no se agota en permitir elegir; exige también reglas para limitar y procedimientos para responder. Ampliar derechos es indispensable, pero sostenerlos requiere instituciones capaces de investigar, juzgar y sancionar sin miedo y sin favoritismos; capaces de proteger el voto sin convertirlo en religión, y capaces de proteger la legalidad sin convertirla en dogma vacío.

Para concluir, una República se rompe cuando crea ciudadanos de primera y de segunda; pero también cuando confunde mayoría con verdad y victoria electoral con licencia para degradar controles. La historia nos exige lucidez: que la Constitución no sea una puerta giratoria, ni la ley un obstáculo que se empuja desde el balcón. Una democracia digna forma y, sobre todo, respeta al ciudadano.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co

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