El mundial que recientemente finalizó trajo cosas buenas, malas, feas y reprochables, como cualquier evento ecuménico de todo deporte.
Lo bueno. Fue un mundial incluyente: la participación de 48 selecciones, a pesar del claro trasfondo comercial, permitió que jugaran algunos países que quizás nunca hubieran asistido a la magna cita; probablemente sabían que serían derrotados por los seleccionados veteranos, pero la experiencia adquirida tiene un valor incalculable. Cabo Verde, Uzbekistán, Jordania y Curazao se estrenaron al lado de Haití, casi novato con 52 años de inasistencia. Es meritorio que, a pesar de ser catalogadas como “débiles” y haber tenido algunas presentaciones lastimosas, hayan demostrado que la brecha deportiva actual no es tan amplia, aun cuando todavía les faltan tiempo, recursos y trabajo para que sean más competitivos. Fue maravilloso el ambiente de hermandad que se vivió en los estadios; no se registraron grescas entre las aficiones ni desmanes después de los partidos. Por el contrario, la fiesta en los estadios se trasladó a las calles.
Lo malo: La época en la que se disputó el mundial no fue la más amable; el calor excesivo previsto fue el mascarón de proa para implementar las polémicas pausas de hidratación, cuyo trasfondo era eminentemente comercial: se produjeron miles de millones de dólares para la organización; el negocio por encima del espectáculo. Ciertamente contribuyeron al bienestar de los futbolistas, pero esas pausas cambiaron el curso de muchos partidos. Otro asunto incómodo fue el elevado precio de las entradas a los estadios, entre 100 y 915% frente a Catar 2022, según el lugar en la gradería. La final costó casi USD 11.000, y la detestable reventa elevó los precios por encima de los USD 26.000. Hoteles, transporte, alimentos y entretenimiento subieron excesivamente, según las quejas de los asistentes. Boston y Nueva York bordearon los USD 600/noche de hotel; los trenes hacia los estadios subieron más del 1.000%; la alimentación tuvo incrementos excesivos, y el alto monto de las propinas causó enfrentamientos entre establecimientos y visitantes. Los habitantes locales salieron muy afectados en sus bolsillos.
Lo feo. La selección de Irán fue la más maltratada; por causa de la guerra con Estados Unidos, fue obligada a permanecer en México, ir a jugar a los Estados Unidos y regresar de inmediato a su base; además, limitaron el número de personas de su delegación. Estados Unidos impidió la entrada del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan después de retenerlo durante 11 horas, alegando “asuntos de seguridad” que escondían un absurdo racismo. El comportamiento hacia los seleccionados “tercermundistas” fue denigrante; Irán, Haití, Senegal, Costa de Marfil e Irak, especialmente, fueron los más agraviados: Uruguay tuvo inconvenientes logísticos por el vuelo que hizo escala en Playa del Carmen, y al llegar a La Florida fue tratado de manera espantosa, casi como delincuentes. Cobardemente, la FIFA se lavó las manos. Adicionalmente, las políticas migratorias estadounidenses restringieron la entrada de algunos periodistas y turistas que perdieron tiempo y dinero por querer asistir al mundial. La FIFA se embolsilló más de USD 9.000 millones y los organizadores se quedaron esperando el botín del boom turístico. Reprochable la actitud camorrista de algunos jugadores argentinos después de terminada la final; hay que saber ganar y perder.
Lo emotivo. La gesta del debutante Cabo Verde, avanzando a la segunda ronda; por su actuación, el portero Vozinha se robó el corazón de los aficionados. Fue conmovedora la despedida de jugadores históricos como Cristiano Ronaldo y Luka Modrić en fases tempranas, con más pena que gloria, mientras su coetáneo Lionel Messi se convertía en la gran figura del torneo.
Lo mejor. La gran final. España y Argentina hicieron un magnífico recorrido hasta la última instancia. Los hispanos llegaron con un solo un gol en contra, y los gauchos con la mejor ofensiva habiendo anotado 19 veces; Messi se presentaba con 8 tantos y 4 asistencias. Un duelo fantástico en el que se impusieron los ibéricos con total justicia. Enhorabuena.