Conversando esta semana con mis estudiantes de once años, varios me aseguraban con absoluta convicción que la Fifa había ayudado a Argentina para que ganara el Mundial. No era una opinión, era una certeza. Ahí entendí que no estaban repitiendo un análisis, sino una narrativa.
Y vale la pena preguntarse cómo llegamos hasta aquí.
Desde hace años, Argentina parece haberse convertido en el villano oficial del fútbol. Se le acusa de arrogante, de antideportiva y, sobre todo, de racista. Pero la historia cuenta otra cosa.
Pocos países en América Latina recibieron con tanta buena disposición olas y olas de inmigrantes como lo hizo Argentina. Italianos, españoles, alemanes, armenios, judíos, sirio-libaneses y, más recientemente, millones de paraguayos, bolivianos, peruanos, venezolanos, colombianos y dominicanos encontraron allí un hogar. Leandro Paredes, por ejemplo, es hijo de una paraguaya, habla guaraní y en la selección lo llaman “el Paragua” con total naturalidad.
También llama la atención otro detalle. Esta selección está integrada por futbolistas como Lionel Messi, Emiliano Martínez, Nicolás Otamendi, Nicolás Tagliafico, Enzo Fernández o el propio Paredes, cuya imagen pública gira alrededor de sus esposas e hijos. Son referentes deportivos que proyectan una vida familiar tradicional.
Mientras tanto, otras selecciones expresan modelos culturales completamente distintos, sin que eso provoque campañas internacionales de desprestigio. Es una decisión personal y respetable. Lo curioso no es la diferencia, sino el diferente tratamiento.
Tampoco parece existir la misma indignación cuando los hechos ocurren en otros lugares. A Lamine Yamal le gritaron insultos racistas durante las celebraciones de la Eurocopa y también durante las recientes celebraciones del título de España. Fueron episodios condenables, pero nadie concluyó por ello que España fuera un país racista.
Con Argentina, en cambio, la sentencia parece llegar antes que el juicio.
Y luego aparece la acusación más extravagante: que son “nazis”. Paradójicamente, quienes seguimos el fútbol desde siempre, probablemente estemos viendo una de las selecciones argentinas más criollas de los últimos tiempos. Predominan apellidos como Martínez, González, Fernández, Álvarez, Romero, Molina, Paredes u Otamendi. Siguen existiendo Messi, Tagliafico o McAllister, pero la caricatura que algunos intentan vender poco tiene que ver con la realidad.
Las selecciones nacionales no representan gobiernos, ideologías ni todos los defectos de un país. De lo contrario, habría que decir que la Selección Colombia representa al gobierno de turno o, peor aún, el estigma del narcotráfico. Nadie aceptaría semejante absurdo.
Argentina puede ganar el próximo Mundial, perderlo en primera ronda o ni siquiera clasificar. En realidad, eso debería ser completamente irrelevante.
Lo verdaderamente importante es preguntarnos cuántas narrativas repetimos sin detenernos a examinarlas. Porque cuando una idea se repite miles de veces, deja de parecer una opinión y comienza a sentirse como una verdad. Y las medias verdades, repetidas hasta el cansancio, terminan convirtiéndose en prejuicios con los que se juzga a personas que nunca hicieron aquello de lo que se les acusa.
El fútbol dura noventa minutos. Las narrativas, si no las cuestionamos, pueden durar generaciones. El problema nunca ha sido el fútbol. El problema siempre ha sido quién escribe el relato… y quién se limita a repetirlo.