Que una película basada en un poema escrito hace casi tres mil años despierte semejante expectativa y ya haya recaudado millones de dólares antes incluso de llegar a muchas salas del mundo dice menos de Hollywood que de nosotros. Cambian las pantallas, cambian los efectos especiales, cambian los actores. Lo que no cambia son las historias que necesitamos contarnos. Christopher Nolan decidió llevar al cine La Odisea. No es una apuesta por la nostalgia. Es el reconocimiento de que seguimos buscando en los clásicos respuestas para preguntas que todavía no sabemos formular del todo.
Porque, en el fondo, todos somos un poco Odiseo.
No por haber combatido en Troya, ni por enfrentar cíclopes o sirenas, sino porque la vida nos obliga a emprender viajes cuyo desenlace desconocemos. Algunos duran décadas; otros apenas unos meses. Un cambio de ciudad, el nacimiento de un hijo, la muerte de un padre, un nuevo trabajo, una enfermedad, un amor que llega o que termina. Todos son viajes. Y ninguno nos devuelve iguales. Muchos siglos después de Homero, Constantino Cavafis escribió uno de los poemas más hermosos de la literatura universal, Ítaca, donde comprendió que el verdadero sentido de la odisea nunca fue regresar a la isla, sino convertirse en otro durante el camino.
"Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias."
Vivimos obsesionados con llegar. Queremos terminar la carrera, conseguir el ascenso, comprar la casa, alcanzar la meta, cruzar la línea de llegada. Medimos la vida por los destinos conquistados y olvidamos que casi todo lo importante ocurre mientras avanzamos hacia ellos.
Hay viajes largos, como el de Odiseo, que tardó diez años en regresar a casa. Y hay viajes brevísimos que duran una conversación, una pérdida o una decisión. A veces basta un día para descubrir que ya no pensamos igual. O que dejamos de ser quienes éramos.Cada viaje deja algo y también se lleva algo. Quizá por eso Cavafis insiste:
"Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años..."
Es una invitación profundamente contraria a nuestro tiempo. Hoy todo debe ser inmediato: las respuestas, el éxito, el reconocimiento, incluso la felicidad. Hemos aprendido a reducir las distancias, pero no necesariamente a recorrer los caminos.
Viajar no consiste únicamente en cambiar de lugar. También viaja quien aprende a perdonar. Quien cambia de opinión. Quien lee un libro que le rompe las certezas. Quien descubre que aquello que perseguía durante años ya no era tan importante.
Y quizá el mayor error sea creer que la isla tiene algo reservado para nosotros. Cavafis responde con una sencillez:
"Ítaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte."
Los destinos no nos transforman. Nos transforma el trayecto. Las personas que conocemos, los errores que cometemos, las pérdidas que aprendemos a soportar, los paisajes que jamás olvidaremos y las versiones de nosotros mismos que fuimos dejando atrás.
Tal vez por eso seguimos regresando a Homero una y otra vez. No porque queramos saber cómo termina La Odisea —esa historia la conocemos desde hace siglos—, sino porque cada vez que la leemos descubrimos que nosotros también hemos cambiado. Comprendemos que la verdadera patria no siempre es el lugar al que volvemos. A veces es la persona en la que nos convertimos mientras intentábamos llegar.