Hace unos meses, mientras tomábamos café durante su visita a Colombia, un cliente de Rumanía me preguntó algo que todavía me pesa. Lleva casi dos años apostando a la floricultura en este país: trajo capital desde el otro lado del mundo, construyó desde cero, creyó cuando muchos no lo habrían hecho. Me preguntó, con una calma que me desarmó más que cualquier queja, si yo creía que valía la pena seguir… No supe qué responderle. Porque cuando alguien que cruzó un océano para invertir en Colombia empieza a dudar, no es una señal de alarma empresarial. Es una señal de que algo más profundo está fallando.
Esa conversación no fue la única. En las últimas semanas he hablado con amigos floricultores, cafeteros, bananeros, productores de aguacate. No me hablan de política, no reclaman beneficios especiales al gobierno que viene, no piden subsidios… se preguntan si van a poder seguir en el negocio. Si tiene sentido renovar una inversión, contratar más gente, abrir un nuevo mercado. Todos coincidimos en una misma preocupación: cada vez es más difícil competir produciendo desde Colombia. Y esa debería ser una conversación que le importe a todo el país.
Porque cuando un exportador pierde competitividad, no pierde únicamente una empresa. Detrás hay miles de trabajadores, familias, proveedores, transportadores y municipios enteros cuya economía depende de que esas empresas sigan creciendo.
En un momento en el que Colombia necesita atraer inversión, generar empleo formal y diversificar su economía, no podemos darnos el lujo de ignorar a quienes todos los días salen a competir con el mundo.
Por eso el reciente pronunciamiento de los principales gremios agroexportadores merece toda la atención del nuevo Gobierno. Cafeteros, floricultores, bananeros, palmicultores, azucareros y productores de aguacate no están enviando un mensaje de alarma por casualidad. Están advirtiendo que la competitividad del país se está deteriorando.
Muchos han reducido esta discusión a la revaluación del peso. Y sí, una moneda que se ha fortalecido cerca de un 23% en el último año golpea directamente a quienes exportan. Ellos venden en dólares, pero pagan salarios, energía, transporte, fertilizantes, impuestos y prácticamente todos sus costos en pesos. Cada dólar exportado hoy vale menos para quien produce en Colombia. Pero el verdadero problema no es el dólar, el verdadero problema es la competitividad.
Durante los últimos años, producir en Colombia ha sido cada vez más costoso y competir en los mercados internacionales es cada vez más difícil. Los empresarios han tenido que enfrentar mayores costos laborales, subidas de precios en insumos, una infraestructura logística que sigue rezagada, crecientes exigencias regulatorias en los mercados de destino y un entorno internacional cada vez más desafiante.
Mientras tanto, los países con los que competimos entendieron hace mucho tiempo que apoyar a sus exportadores no es favorecer a unos pocos; es proteger el empleo, las divisas y el crecimiento económico. En Colombia seguimos viendo la competitividad como un asunto exclusivo de los empresarios, cuando en realidad debería ser una política de Estado.
El sector agropecuario representa cerca del 7% del PIB nacional, pero su verdadero aporte no puede medirse únicamente en cifras. Lo que está en juego es enorme. Los sectores que hoy levantan la voz generan más de
10.200 millones de dólares en exportaciones y sostienen cerca de 2,5 millones de empleos directos e indirectos. Son la columna vertebral de economías regionales enteras, de municipios donde muchas veces no existe otra fuente de trabajo formal. Cada caja de flores que sale hacia Estados Unidos, cada racimo de banano que llega a Europa, cada saco de café que cruza un puerto, cada aguacate colombiano que conquista un nuevo mercado representa trabajo real para personas reales, en lugares que no aparecen en los grandes titulares pero que son Colombia también. Cuando ese engranaje se frena, no lo sienten los empresarios primero. Lo sienten los trabajadores, las familias, los municipios.
Por eso me preocupa que durante los últimos años el sector productivo haya sentido que dejó de ser una prioridad dentro de la conversación nacional. Mientras el país discutía reformas, polarización y debates políticos, quienes generan empleo seguían haciendo lo mismo de siempre: producir, invertir, pagar nómina, abrir mercados y representar a Colombia en el exterior. Lo hicieron sin grandes titulares, simplemente trabajando.
Hoy el nuevo presidente tiene una oportunidad real. No se trata de intervenir la economía ni de otorgar privilegios. Escuchar a los exportadores no significa intervenir artificialmente la economía ni otorgar privilegios. Significa reconocer que la competitividad también se construye desde el Estado: con infraestructura eficiente, herramientas de cobertura cambiaria, acceso a financiamiento, seguridad jurídica, apertura de mercados y reglas estables que permitan planear inversiones de largo plazo. Se trata de escuchar, de responder, de estar.
Colombia necesita volver a creer en su economía real. Necesita un gobierno que entienda que detrás de cada empresa exportadora hay miles de familias que dependen de un empleo formal; que detrás de cada dólar que entra al país hay crecimiento, inversión y oportunidades; y que detrás de cada empresario que decide seguir invirtiendo en Colombia hay un voto de confianza en el futuro del país.
Esta no debería ser una causa de un gremio, debería ser una causa nacional. Porque cuando un exportador pierde competitividad, Colombia pierde empleo. Cuando una empresa deja de invertir, Colombia pierde oportunidades. Y cuando dejamos de respaldar a quienes producen para el mundo, terminamos renunciando a una de las herramientas más poderosas para construir desarrollo.
Presidente, vuelva a mirar a quienes producen para Colombia. Porque fortalecer al sector exportador no es hacerles un favor a los empresarios. Es apostarle al empleo, al crecimiento y al futuro de Colombia.