“Vote por quien quiera, pero vote. Elija a quien represente sus principios y sus esperanzas. Defienda sus ideas con firmeza. Pero no permita que una diferencia política destruya una amistad, fracture una familia o convierta a un colombiano en objeto de desprecio. La democracia nos concede el derecho de discrepar; la ciudadanía nos impone el deber de respetarnos”
El próximo domingo, más de 41 Millones de ciudadanos habilitados para votar, provenientes de distintas regiones, creencias, generaciones e ideologías, tomarán una decisión sobre el rumbo del país. Sin embargo, la verdadera grandeza de esa jornada no radica en quién resulte vencedor, sino en la posibilidad de que una nación entera resuelva sus diferencias mediante la participación ciudadana.
Entendiendo que la democracia es, ante todo, un pacto civilizatorio. El acuerdo que nos permite tramitar nuestras discrepancias a través de las ideas, las instituciones y las elecciones, en lugar de la imposición, la violencia o el fanatismo. Su esencia no consiste en que todos pensemos de forma homogénea, sino en que podamos convivir pacíficamente pensando diferente.
Por eso votar importa. Cada sufragio es una expresión de libertad y una contribución al destino colectivo. La abstención no castiga a los poderosos; debilita la voz de los ciudadanos. Participar, en cambio, fortalece la legitimidad de las instituciones y reafirma que el futuro de Colombia debe construirse con la participación de cada uno de sus ciudadanos.
Empero, existe una responsabilidad aún más profunda que depositar el voto. Consiste en reconocer que quienes piensan distinto no son enemigos: Son compatriotas. Conciudadanos que, desde convicciones diferentes, también desean un país más próspero, más seguro, más justo o más libre. El pluralismo no es una amenaza para la democracia; es una de sus mayores virtudes.
En ese sentido, mi invitación es simple: Vote por quien quiera, pero vote. Elija a quien represente sus principios y sus esperanzas. Defienda sus ideas con firmeza. Pero no permita que una diferencia política destruya una amistad, fracture una familia o convierta a un colombiano en objeto de desprecio. La democracia nos concede el derecho de discrepar; la ciudadanía nos impone el deber de respetarnos.
Y cuando las urnas hablen, honremos su decisión. Porque la fortaleza democrática no se demuestra cuando ganamos, sino cuando respetamos las reglas incluso en la derrota.
Que este 31 de mayo votemos con convicción, debatamos con altura y convivamos con respeto. Al final, Colombia será siempre más importante que cualquier candidatura, y la democracia seguirá siendo el puente que nos permite caminar juntos, incluso cuando elegimos caminos distintos.
Es mi palabra ∴
Columna de Opinión
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