Si de verdad aspiramos a que nuestro presente se desmarque de las sombras del pasado, no podemos limitarnos a invocar el futuro como si fuera un hechizo; es vital que nos detengamos a estudiar, comprender y, sobre todo, asumir lo que hemos padecido.
Me duele reconocer que no hemos sabido —o quizás, siendo honestos, no hemos querido— rescatar de la historia aquello que realmente nutre la convivencia: la cultura, la civilización y esos aprendizajes que nos hacen más humanos. Por el contrario, observo que seguimos tolerando, y a veces hasta replicando, el sedimento más tóxico de nuestra memoria: la violencia, la intolerancia y la injusticia.
Considero que la educación de los más jóvenes debería ser, ante todo, un ejercicio de discernimiento histórico. No hablo de que los niños acumulen datos como máquinas, sino de que aprendan a distinguir qué merece ser replicado y qué debe ser superado de raíz. Sin esa mirada crítica, el pasado deja de ser una lección para convertirse en una condena que se repite.
En este punto, estoy convencido de que existe un criterio para medir si una democracia es real o es puro papel: la condición de las mujeres. Y no me refiero a la retórica de las instituciones o una ley por cada escándalo ni a las declaraciones o discursos oficiales sino a su experiencia de vida más cruda. Para mí, es claro que en Colombia donde las mujeres sufren discriminación salarial, precariedad laboral y violencia, no podemos hablar de democracia plena. Estamos, a lo mucho, ante un sistema imperfecto que convive con una desigualdad que debería darnos vergüenza.
Me resulta especialmente doloroso constatar que, para muchos niños, el primer contacto con la violencia ocurre en el lugar que debería ser su refugio: el hogar. Y ver que se dirige contra su madre no es algo anecdótico; intuyo que es una falla estructural. Ese aprendizaje temprano normaliza la agresión y legitima una desigualdad que luego se expande como un veneno por toda la sociedad.
Mientras escribo estas notas, en nuestras propias ciudades, hay mujeres obligadas a prostituirse en zonas conocidas como de tolerancia. Además, la trata de personas, esa esclavitud moderna tan brutal, que ocurre a la vuelta de la esquina y, a mi juicio, ya no nos genera la indignación que una sociedad digna debería mostrar. Siento que esa falta de reacción no es neutral; es, en el fondo, una forma de complicidad.
Veo con frustración que la persecución de la violencia de género y los abusos sexuales sigue siendo insuficiente. En ese vacío, el machismo no se esconde: se luce y se reafirma. No estamos ante un fantasma del pasado, sino ante una estructura viva y resistente. Por eso sostengo, que la injusticia contra las mujeres es la raíz de todas las demás injusticias y la violencia contra las mujeres es la madre de todas las violencias. No es una frase hecha: es una realidad empírica. Si permitimos la desigualdad en la familia, estamos validando que se reproduzca en cualquier otro nivel.
La reflexión sobre el pasado se vuelve aquí muy incómoda. No podemos engañarnos pensando que estos son problemas de otra época. La crueldad contra la mujer es un presente continuo, casi estructural; un eterno presente que se ha disfrazado de normalidad.
Creo que lo más grave no es la ignorancia, sino la indiferencia. Sabemos lo que pasa y a quiénes afecta. Me parece que optar por no actuar, teniendo la información en la mano, es una renuncia ética imperdonable. Hablar de sostenibilidad hoy debe ir más allá del medio ambiente. Opino que implica preguntarnos por nuestras responsabilidades humanas, y en ese examen, la deuda con las mujeres es la más urgente.
Romper este ciclo no es una opción moral abstracta; es la única forma de que nuestro proyecto de sociedad tenga futuro. Siento que ignorar esto no solo perpetúa el dolor, sino que pone en jaque nuestra propia viabilidad como comunidad humana o como democracia.
Columna de Opinión
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