Ese extenso continente que habla lenguas ibéricas es el mayor productor de café en el mundo, también, de altísima calidad. La puerta de entrada al Nuevo Continente del apreciado grano fue Martinica a principios del siglo XVII gracias al francés Gabriel de Clieu y a los holandeses que lo plantaron en sus colonias, Surinam y Guyana; se difunde por toda Iberoamérica gracias a los jesuitas; echa raíces en Colombia hacia 1730.
Las primeras cafeterías importantes aparecieron gracias a los inmigrantes europeos. Posiblemente el Café Manrique, Ciudad de México, es el decano de los cafés iberoamericanos; sin fecha establecida, abre sus puertas entre 1789 y 1798, compitiendo con el chocolate, la bebida tradicional mexicana. Miguel Hidalgo convirtió a este local su centro de reunión bohemia. En 1808 Veracruz, vía de acceso del grano a México, responde con el Gran Café de la Parroquia, un sitio histórico que sigue abierto. Caracas conserva en el Museo de Arte Colonial la taza en la cual se sirvió el primer café en la Hacienda Blandín; una placa honra ese episodio. Y ese café que se tomaba en hogares elegantes empieza a servirse a mediados del siglo XIX en cafeterías como el Café Espagnol (1857), precursor de las peñas literarias. Mientras tanto, el Café del Ávila era refugio de artistas, escritores, periodistas e intelectuales que degustaban exquisitas hayacas en las noches de teatro. El Café Tortoni, emblemático establecimiento de Buenos Aires, es el pionero de los cafés argentinos; sigue siendo lugar de culto desde 1858. Le siguió la esplendorosa Confeitaria Colombo de Río de Janeiro, que inauguró su local original en 1894. En 1897 abre el Café Liberty de Valparaíso, el primero de Chile; allí se reunían marineros, estibadores, artistas y toda clase de personajes cuando ese puerto era el principal punto comercial del Pacífico Sur. Sigue manteniendo su atmósfera, alegrada desde entonces por las cuecas choras, tangos y boleros; colecciona más de 1220 gorras marineras y el equipo Santiago Wanderers tiene su espacio en esté café.
El Baturrillo abre en 1832 en La Habana, convirtiéndose pronto en el primer café-literario de la isla; allí se recitaban versos independentistas entre café cubano, humo de tabaco y rumores de conspiración. Dejó de funcionar por varios años, y reabrió desde 1999 como Café El Escorial, honrando la memoria del viejo establecimiento. En 1899 le competía el Café Vista Alegre, punto de encuentro de la trova cubana tradicional; allí escuchaban a leyendas como Sindo Garay, Manuel Corona y María Teresa Vera. Mientras tanto, la sociedad habanera anticolonialista se reunía en Café Escuariza abierto en 1843 (rebautizado como Café El Louvre en 1863), testigo de La Batalla del Ponche de Leche, cuando las autoridades prohibieron el baile en ese lugar. José Martí lo visitaba frecuentemente.
El Mercado Central de San José aloja la cafetería más antigua de Costa Rica, El Gran Vicio, un local que, abierto desde 1880, aún conserva su fachada. Se caracteriza por carecer de mobiliario: el café se consume en la barra; ha sido testigo de interminables tertulias. Quito inaugura en 1858 la cafetería más antigua del Ecuador, la Heladería San Agustín, y Guayaquil abre en 1898 su primer café, La Luna (hoy Dulcería La Palma). El Café Brasilero funciona en Montevideo desde 1887 (algunos dicen que desde 1870); era frecuentado por Eduardo Galeano. Sin nombre comercial oficial, el Café de Pasquier abrió en 1855 en Sucre (Bolivia). Ciudad de Panamá establece su primer café en 1875, el Coca-Cola, punto de encuentro de turistas y locales. ¿Y Colombia?
Columna: Coloquios y Apostillas
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