Cuando no descansas debidamente, tu día no transcurre bien; tienes sueño a media mañana, no rindes lo suficiente, sientes ganas de dormir después de comer y no hay café que valga. Cuando llega la noche te cuesta conciliar el sueño normalmente; Algo peor: te pesan los párpados, pero luego no concilias el sueño y permaneces un rato largo con “el ojo pelao”. Llegado el día siguiente, no te quieres levantar de la cama y las ojeras comienza a hacer parte de tus facciones.
Actualmente la ansiedad y la depresión actúan como detonantes, lo mismo que el trabajo nocturno crónico o el teletrabajo con horarios extraños o cambiantes; dependemos de las empresas y sus necesidades. Esas afecciones terminan por alterar el ciclo circadiano, ese reloj biológico que regula todos nuestros cambios físicos, mentales y de conducta. Los entornos ruidosos agravan el problema: viviendas multifamiliares sobre avenidas congestionadas, centros comerciales repletos en ambientes residenciales, vecinos bullangueros, peleas callejeras y demás impiden el sueño adecuado. Desde luego, malos hábitos como el licor, tabaquismo, sustancias psicoactivas, comidas inapropiadas a deshoras, cafeína y pantallas se suman a todo esto. Si agregamos obesidad, apnea del sueño, problemas tiroideos o cambios hormonales como la menopausia, el panorama se oscurece.
Adicionalmente, en las grandes urbes, los niños son obligados a hacer numerosas tareas en un momento en que les vendría mejor descansar; el madrugón diario para llegar a sus escuelas y colegios, muchas veces distantes, les impide dormir lo suficiente entre semana, alterando su ciclo natural. A medida que envejecemos, el ciclo de sueño se reduce significativamente; un bebé puede dormir alrededor de catorce horas o más; un adulto joven, unas ocho horas, mientras que un anciano solo llega a unas 5 en el mejor de los casos.
El manejo, como todo en salud, recurre a generalidades, pero cada caso se debe individualizar. Lo primero es identificar cuáles son las situaciones, los hábitos y rutinas que están originando el problema; suele ser necesario realizar algunos exámenes diagnósticos. Lo siguiente es detectar cual es el alcance de dichos inconvenientes en términos de salud; se deben alistar las terapias específicas para cada caso, hacer los controles periódicos, verificar el funcionamiento de los tratamientos y, por último, prevenir la recurrencia de las causas. No es fácil el abordaje.
Es básico reajustar los horarios y las condiciones del descanso; por ejemplo, los horarios y tipo de alimentación, siestas, trabajo, actividad física y el ambiente de la habitación. La terapia cognitivo-conductual (TCC) es un recurso valioso para el manejo del insomnio crónico, que se enfoca en el pensamiento y conductas que modifican los patrones de sueño. Cuando se diagnostica apnea del sueño, el CPAP ayuda a mejorar la respiración y, consecuentemente, la oxigenación durante la noche, evitando los molestos ronquidos y el colapso respiratorio, mejorando el descanso. Se debe evitar a toda costa la automedicación; el problema con el “doctor Google” es que no garantiza información completa, correcta e individualizada; por el contrario, puede inducir a errores peligrosos a partir de afirmaciones erróneas.
Naturalmente, un tratamiento adecuado mejora sustancialmente estos trastornos; en algunos casos, la patología puede sanar. El manejo temprano del insomnio agudo ofrece magníficos resultados si se trata a tiempo; el crónico ofrece muchas dificultades para solucionarlo. En cualquier caso, la solución requiere la intervención de los especialistas.
Columna: Coloquios y Apostillas
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