Las lecciones silenciosas del 08 de marzo

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger
Las elecciones legislativas del pasado 8 de marzo dejaron algo más que una nueva composición del Congreso, revelaron el estado real de la política colombiana. Y lo hicieron con un mensaje sereno, pero profundo.
El Pacto Histórico, proyecto político articulado en torno al presidente Petro, -después de decretar el aumento del salario mínimo-, logró consolidarse como la principal fuerza del Senado de la República. Lo que hace algunos años parecía una coalición circunstancial comienza a adquirir la forma de un bloque político relativamente estable. La izquierda, históricamente fragmentada, ha logrado un grado de cohesión inédito.

Sin embargo, las urnas también mostraron que el poder en Colombia sigue siendo plural. Partidos tradicionales como el Partido Conservador Colombiano, el Partido Liberal Colombiano y el Centro Democrático mantienen una presencia significativa en el Legislativo, aunque no sin costos. El conservatismo, por ejemplo, sufrió una reducción de cinco curules que obliga a una profunda reflexión sobre su rumbo político y su capacidad de reconectar con el electorado.

La jornada también dejó caídas simbólicas. Figuras reconocidas del “centro” político, como Angélica Lozano, Julia Miranda y el “nuevo” Jorge Robledo, entre otros, fueron trasladados del Congreso de la República al Pabellón de quemados, mientras que viejas expresiones de poder cuestionado, perdieron influencia o presencia directa en la arena legislativa.

En las regiones, el electorado también envió señales claras. Verbigracia, el movimiento Fuerza Ciudadana del caudillo Carlos Caicedo sufrió un revés importante, pues junto al antiguo al agonizante Partido Comunes surgido de la desmovilización de las Farc, no lograron consolidar un respaldo electoral significativo, quedando sin representación en el poder legislativo.

Empero, quizá la lección más profunda sea otra. Pues estas elecciones confirmaron el tránsito de Colombia hacia una política cada vez más polarizada, disfrazada de debate ideológico, donde los bloques comienzan a definirse con mayor claridad. Tras décadas de pragmatismo difuso, el país parece clamar retornar lentamente al debate de las ideas, donde tal vez vuelva a suscitarse la seria discusión sobre qué modelo de Estado queremos, qué tipo de sociedad aspiramos a construir y cuál debe ser el rumbo moral y económico de la nación.

El 8 de marzo, en suma, no resolvió esas preguntas. Pero sí dejó claro que el país comienza, nuevamente, a formularlas.
Columna de Opinión e-mail: andrescpachano@gmail.com