La Derecha colombiana está extraviada, no derrotada como algunos aseguran. Pues no carece de ideas o de cuadros políticos, sino de vocación de poder. Y ese extravío es el resultado de años de renuncias silenciosas al sentido, a lo popular, a la militancia partidaria y a la autoridad moral.
Defendimos la Constitución y la ley como simples textos, pero no como pactos colectivos. Nuestros proyectos y discursos se desconectaron parcialmente de la realidad colombiana. Y cuando la representación dejó de ser efectiva, el populismo -de izquierda o de derecha- aprovechó para entrampar a la ciudadanía con su retórica
A su vez, el voto preferente terminó de fracturar el sistema político colombiano. Al debilitar a los partidos políticos, convirtió la representación política en un archipiélago de intereses individuales. Cada congresista pasó de ser portavoz de un proyecto colectivo a administrar una microempresa electoral sostenida en clientelas y burocracia. El clientelismo dejó de ser desviación, convirtiéndose en método de gobernabilidad.
Así, la política perdió dignidad y la Derecha, poco a poco, perdió legitimidad…
En ese vacío emergió el populismo. No con mejores respuestas, pero sí vociferando certezas en tiempos de cansancio. Ondeando las banderas que la derecha ha ido abandonado y prometiendo transparencia donde el sistema transa. Pero ese populismo -también el de la extrema derecha-no reconstruye la democracia, sólo la desgasta aún más.
Retomar la vocación de poder exige coraje. Coraje para volver a creer en la política como la búsqueda del bien común, en el poder como responsabilidad histórica y no como simples repartos de cuotas burocráticas. Empero, para poder iniciar ese camino, debemos retomar el rumbo de los partidos políticos como comunidad política: recorriendo el país, escuchándolo con claridad y hablarle sin demagogia; volviendo a las listas cerradas con una rigurosa democracia interna, y por supuesto, profundizar la formación ideológica, la disciplina partidaria y el liderazgo colectivo. Con ello, posiblemente se reduciría el vínculo perverso entre representación y burocracia.
La Derecha debe reconciliarse con lo popular sin traicionar la República; con la autoridad sin caer en el autoritarismo; con el orden sin abandonar la justicia social posible.
La vocación de poder se recuperará cuando en volvamos plantear una propuesta real de país y no estemos limitados a criticar gobiernos; comprendiendo que el poder no se administra ni se negocia: se ejerce con sentido, con pueblo y con proyecto.
Todavía estamos a tiempo...
Columna de Opinión
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