Cuando la inseguridad se vuelve costumbre

Columnas de Opinión
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“Cuando el miedo se vuelve costumbre, la libertad empieza a parecer un lujo. Y aceptar eso, en cualquier sociedad que se respete, es simplemente inaceptable.”


Lo más peligroso de la inseguridad es acostumbrarse a ella.

En Santa Marta y en el Magdalena, el miedo ya no sorprende. Se volvió parte del lenguaje cotidiano, de las advertencias que se repiten como un rezo cansado: “ojo que está oscuro”, “no contestes el celular en la calle”, “no lleves nada si vas a la tienda”. Se incrustó en la zozobra que sentimos al escuchar una moto acercarse cuando caminamos un par de cuadras.

Aquí, el miedo dejó de ser una alarma para convertirse en paisaje.

No hacen falta ver cifras o titulares para constatarlo. Cada nuevo hecho violento provoca un breve estallido de indignación digital que se consume rápido, como si el horror tuviera fecha de vencimiento. Comentarios resignados, chistes defensivos, silencios estratégicos. No porque no duela, sino porque no hay respuestas claras, ni garantías, ni consuelo institucional. Y porque ajá, en esta tierra disfrazamos la tragedia con risa.

Por eso la pregunta surge casi con ironía: ¿cómo irán las estrategias de seguridad de la Alcaldía y de la Gobernación?

Supongo que bien…gracias por esa gestión.

Lo verdaderamente grave no es solo que la inseguridad esté desbordada, ni que haya sectores donde caminar sea un acto de valentía o tal vez de estupidez. Lo grave es que ya no nos sorprenda. Que la noticia de un asesinato o de una extorsión compita en igualdad de condiciones con un video viral. Que el temor se administre como rutina. Que el ciudadano aprenda a vivir calculando rutas, horarios, miradas y palabras para salvaguardar la vida.

Ese aprendizaje forzado no es más que una derrota colectiva.

Cuando una sociedad normaliza el miedo, empieza a negociar su dignidad. Se resigna a sobrevivir. Y ese miedo, silencioso pero eficaz, termina logrando lo que la violencia siempre ha buscado: paralizar, dividir y callar.

En ese punto, la inseguridad deja de ser solo un problema de orden público y se convierte en un problema moral, político y profundamente humano.

Santa Marta y el Magdalena no merecen seguir sucumbidos ante el miedo. No puede ser el precio de la cotidianidad ni el impuesto invisible que pagan los ciudadanos frente a la ausencia de un Estado incompetente.

Cuando el miedo se vuelve costumbre, la libertad empieza a parecer un lujo. Y aceptar eso, en cualquier sociedad que se respete, es simplemente inaceptable.

Es mi palabra

 
Columna de Opinión e-mail: andrescpachano@gmail.com