Fracaso histórico: Crónica de una derrota anunciada.

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“Optaron por la mezquindad en vez del compromiso programático. Y en esa decisión otorgaron oxígeno a un movimiento político que, acorralado por su inminente desgaste, encontró refugio en las mismas estructuras clientelares que dice combatir. Una vez más quedó demostrado que, en el terreno del clientelismo, las fronteras partidistas se difuminan: todos se abrazan cuando se trata de preservar el poder.”


El Magdalena habló, pero no desde la esperanza, sino desde un agotamiento estructural que raya en la resignación. Los resultados de las elecciones atípicas confirman, con dolorosa precisión, lo advertido días atrás: la ausencia de unidad política tuvo efectos determinantes y previsibles. No se unieron… y sí, nos condenaron a todos.

La victoria del continuismo no constituye un triunfo ideológico ni un mandato democrático robusto. Es, en esencia, la manifestación de un pacto tácito entre el proyecto caudillista, encubierto bajo un ropaje pseudo revolucionario, y las maquinarias tradicionales del departamento. A ello se suma la fragmentación irresponsable de quienes, pudiendo construir un acuerdo de gobernabilidad elemental, prefirieron la defensa de cuotas individuales antes que el cumplimiento del deber histórico.

El Magdalena enfrentará ahora dos años adicionales de una retórica desgastada, revestida de promesas recurrentes y obras inconclusas convertidas en bandera electoral. Dos años más de un modelo político que invoca al pueblo mientras administra en función de intereses particulares. Dos años en que la ciudadanía seguirá sometida al abandono estructural que castiga a los más vulnerables.

No se unieron. No atendieron las advertencias. No comprendieron la urgencia del momento.

Optaron por la mezquindad en vez del compromiso programático. Y en esa decisión otorgaron oxígeno a un movimiento político que, acorralado por su inminente desgaste, encontró refugio en las mismas estructuras clientelares que dice combatir. Una vez más quedó demostrado que, en el terreno del clientelismo, las fronteras partidistas se difuminan: todos se abrazan cuando se trata de preservar el poder.

El electorado, enfrentado a la disyuntiva entre un mal conocido y una alternativa fragmentada, optó por lo primero. No por adhesión política, sino por cansancio ciudadano.

Resulta doloroso afirmarlo, pero es necesario: quienes tenían la responsabilidad de liderar un cambio fallaron en el momento decisivo. Perdieron la oportunidad histórica de quebrar un ciclo que ha postrado al departamento. Nos dejaron, de nuevo, en manos de quienes confunden liderazgo con culto a la personalidad.

Lo ocurrido en el Magdalena no es sólo un resultado electoral: es un llamado a revisar nuestro comportamiento colectivo. A preguntarnos qué tan dispuestos estamos a dejar atrás los impulsos que fragmentan, qué tanto nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestra indiferencia y cuánto estamos aportando -con hechos y no con discursos- a la construcción de un proyecto común digno.

Es tiempo de abandonar la comodidad de las explicaciones fáciles y asumir, con serenidad y firmeza, que los cambios verdaderos no nacen del ruido temporal ni de los caudillos, sino del esfuerzo sostenido de ciudadanos capaces de corregirse, de escucharse y de trabajar hombro a hombro por un propósito superior.

Si algo debe dejarnos esta derrota, es la certeza de que ningún futuro se construye desde el ego, pero sí puede renacer desde la unidad y la determinación de hacer lo correcto, incluso cuando cueste.

Es mi palabra

 
Columna de Opinión e-mail: andrescpachano@gmail.com