El uso del taxi dejó de ser un servicio para convertirse en tiranía. Mal estado de los vehículos, abusos constantes y protección política mantienen a los samarios como rehenes de un monopolio de transporte público que huele a abandono.
Santa Marta al ser la ciudad más antigua de Colombia, bendecida por la Sierra y el mar, debería ser símbolo de orgullo, orden y progreso. Empero, cuando hablamos del transporte público individual, la realidad nos golpea con la fuerza del sol del mediodía: ¡el servicio de taxis en la ciudad es un desastre! Es costoso, deficiente y, lo más grave, se ha convertido en una muestra viva de cómo la desidia institucional puede normalizar el abuso y disfrazarlo de costumbre.
Hoy el samario paga una carrera mínima que ronda en los ocho mil pesos ($8.000 COP) por trayecto, que muy rara vez superan el kilómetro. Un total absurdo. Pues en ciudades más grandes como Bogotá, D.C. o Medellín, donde las distancias son mucho mayores y el tráfico más intenso, el valor de la carrera mínima es similar o incluso menor.
El primer saludo que reciben los turistas al bajarse del avión, es el pago de cuarenta mil pesos ($40.000 COP), como mínimo, del trayecto del aeropuerto a la ciudad. ¿Cómo se explica esto en una ciudad tan compacta, donde ir del centro al Rodadero o de Mamatoco a la 30, no debería significar un golpe abusivo al bolsillo? La respuesta es simple: porque aquí los taxistas cobran lo que quieren y nadie los regula con firmeza.
Los taxis, en su mayoría, están en pésimo estado. Algunos parecen reliquias del pasado: sin aire acondicionado, asientos rotos, vidrios que no bajan, y un olor tan penetrante que el pasajero termina pidiendo aire al cielo más que al carro. Pero más allá del deterioro material, el verdadero problema está en la actitud: un servicio grosero, sin amabilidad, sin cultura de atención. Muchos taxistas ven al usuario no como cliente, sino como presa. Y lo peor es que se sienten intocables. Porque lo son.
Detrás del gremio de taxistas hay una estructura política que los protege. Cada alcalde de turno los defiende, no por justicia ni por convicción, sino porque los necesita electoralmente. El taxismo representa votos, maquinaria político-electoral, son microestructuras que se activan en cada campaña. Así los usaron los “naranjas”, y así lo han hecho desde antes y quienes llegaron después, con el mismo libreto y la misma complicidad. A cambio de ese respaldo, se les perdona todo: el mal servicio, los abusos, los sobrecostos y, lo más grave, la violencia.
Sí, violencia. Porque cada vez que una plataforma como Uber, Didi o InDriver intenta operar en la ciudad, aparecen los amedrentamientos, los golpes, las persecuciones. No compiten con argumentos, compiten con miedo. Y mientras tanto, el ciudadano, que solo quiere transportarse dignamente, queda atrapado entre la prepotencia de unos y la cobardía de otros. Porque el Estado, ese que debería proteger al usuario, se esconde detrás del discurso del “orden legal”, cuando en realidad lo que defiende es su propio interés electoral.
Santa Marta no puede seguir siendo rehén del atraso ni de la mediocridad del servicio público individual de transporte. No se trata de acabar con los taxis, sino de transformarlos. De exigir que cada vehículo esté en condiciones dignas, que cada conductor sea capacitado en servicio al cliente, que las tarifas sean razonables y que exista competencia leal. El progreso no llega con prohibiciones, llega con oportunidades y responsabilidad.
Mientras sigamos justificando el abuso con la excusa de la tradición, Santa Marta no avanzará. El transporte público no puede ser un privilegio, es un derecho ciudadano. Y el respeto al usuario no es una opción, es una obligación moral.
Porque esta ciudad, que huele a mar y a historia, no merece seguir oliendo al abandono y a la corrupción que los somete hasta en el uso obligatorio de un transporte público indigno, porque no hay más opción.
Es hora de que el ciudadano recupere su voz, su dignidad y su derecho a elegir un transporte público digno y de calidad.
Solo así, Santa Marta volverá a moverse… pero hacia adelante.
Es mi palabra ∴