Santa Marta, la perla de América, pide a gritos que restituyan su orden. Aquí la autoridad parece un rumor lejano, una palabra sin eco entre las montañas de basura, los trancones por semáforos eternos que nadie respeta y las playas donde las aguas residuales conviven con la belleza del caribe. El desgobierno no está solo en las oficinas públicas, está en la calle, en cada esquina, en el diario vivir de un pueblo que pareciera acostumbrarse a sobrevivir en el caos.
En la Avenida del Río o en la Troncal del Caribe, el semáforo es apenas una sugerencia: el peatón cruza como puede, entre el rugido de las motos y la furia de los buses. El espacio público, que debería ser la casa de todos, se disputa a codazos entre vendedores que impiden caminar por las aceras, carros mal parqueados y ciudadanos resignados. Y mientras tanto, la basura se acumula como testigo mudo de un orden que nunca llega.
La cultura ciudadana se desangra junto con la autoridad. Nadie respeta la norma porque nadie la hace respetar, y cuando la autoridad aparece, llega tarde, cansada, sin fuerza moral. Hemos naturalizado la ilegalidad, como si fuera parte del paisaje caribeño, igual que la brisa, igual que el mar. En Santa Marta, la norma se volvió paisaje, un adorno del pasado al que nadie presta atención.
Pero el problema va más allá de la calle y del transporte. Desde luego también radica en la incapacidad de las autoridades locales, -los de antes y los de ahora-, que permitieron la normalización la viveza el caos y el todo vale; en la negligencia que ha convertido la limpieza urbana en un eterno problema sin solución; en la desidia que se refleja en instituciones que parecen mirar hacia otro lado mientras la ciudad se hunde en un desorden creciente. El desgobierno es un cáncer silencioso: mina la confianza, genera apatía y abre las puertas a la anomia social.
La pregunta duele, pero resulta ineludible: ¿qué ciudad estamos construyendo cuando nadie respeta la norma? ¿Qué futuro espera a esta tierra gloriosa si seguimos creyendo que la ley es un estorbo y la cultura ciudadana una práctica anticuada e inservible?
Santa Marta merece orden sin autoritarismo, respeto sin miedo, convivencia sin trampas. Empero, recuperar la autoridad no significa imponer con garrote, sino liderar con ejemplo; no sólo es llenar de comparendos a los ciudadanos, sino priorizar la educación en cultura ciudadana, para por fin comprender que nuestra ciudad es un bien común. El orden no debe ser una camisa de fuerza, sino una ruta para la convivencia, un marco que nos permita vivir mejor, con dignidad y armonía: ¡En eso consiste vivir en libertad!
Pero en este punto la responsabilidad no es solo de las instituciones. También es de cada ciudadano que decide si cumple o no las reglas, si respeta o atropella al otro, si aporta a la convivencia o se acomoda en la indiferencia. No basta con criticar a los gobernantes si seguimos replicando en lo pequeño la misma indisciplina que tanto condenamos en lo grande.
Porque si seguimos permitiendo que Santa Marta sea un territorio donde la viveza le gana a la ley, lo que tendremos no será la ciudad soñada de los samarios, sino un caos perpetuo disfrazado de cotidianidad. El desorden no es inocente: roba oportunidades, aleja la inversión, precariza el turismo y erosiona la identidad cultural de una tierra que debería ser faro y orgullo del Caribe.
Entonces mi llave, ¿Qué tanto esperas para respetar y hacer respetar tu ciudad?
Si alguna vez fuimos la perla de América, no fue por casualidad, sino porque su esencia, su gente y su historia tienen un brillo que ninguna crisis puede apagar del todo.
¡Vamos a darlo todo por Santa Marta!
Que el morro como nuestro eterno vigilante, siga siendo testigo no sólo de lo que alguna vez fuimos, sino de lo que aún podemos ser.
Es mi palabra