Cuando leo el informe The State of the World’s Children 2024: El futuro de la infancia en un mundo cambiante; elaborado y publicado por Unicef, me invade una mezcla de indignación y tristeza. Se habla de megafuerzas que moldearán la vida de la niñez en 2050: el cambio climático, los avances tecnológicos y las transiciones demográficas.
Pero detrás está la vida concreta de millones de niños y niñas que sufren hoy. Y cada vez que repaso esas proyecciones, pienso en La Guajira, en los Wayuu que siguen muriendo de hambre y sed, como si fueran invisibles para el Estado, para la sociedad y para el mundo.
Según el informe, en las próximas décadas los niños estarán mucho más expuestos a los impactos del clima. Si seguimos con las tendencias actuales, los niños de 2050 enfrentarán ocho veces más olas de calor extremas que los del año 2000, más del triple de riesgo de inundaciones fluviales y casi el doble de riesgo de incendios forestales.
A la vez, la urbanización crecerá a tal punto que cerca del 60 % de los niños vivirán en ciudades, con regiones como América Latina alcanzando el 84%. Y mientras tanto, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías prometen oportunidades, pero también profundizan desigualdades, ya que en 2024 todavía solo el 26% de la población en países de bajos ingresos tiene acceso a internet, frente al 95% en los países ricos.
¿No es acaso La Guajira un microcosmos de todas estas amenazas?
Acá, la sequía y el cambio climático ya no son proyecciones, son realidades letales. Miles de niños viven en rancherías donde la urbanización no trajo progreso, sino marginación. En la Alta Guajira la brecha digital es absoluta: los niños Wayuu crecen sin internet, sin maestros suficientes y, muchas veces, sin siquiera escuelas dignas.
Adicionalmente, según el informe sobre hambre y nutrición: Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (Sofi 2025) revela que, en 2024, 673 millones de personas padecieron hambre. Que más de 190 millones de niños menores de cinco años sufren desnutrición en el mundo.
Y, en paralelo, las cifras sobre los Wayuu son desoladoras: cientos de muertes infantiles por desnutrición en la última década, sentencias incumplidas de la Corte Constitucional y promesas gubernamentales que se diluyen en la arena del desierto.
Los niños Wayuu condensan, en carne propia, todas las megafuerzas que se identifican como amenaza al futuro de la infancia. El clima extremo los golpea de frente. El hambre los condena en silencio. La exclusión tecnológica los deja rezagados en un mundo que avanza sin ellos. En ese sentido, en Colombia, la indiferencia política los convierte en víctimas de un abandono que se repite década tras década.
En mi opinión, el gran fracaso de Colombia es la incapacidad de transformar la indignación en acción. Tenemos los informes, las cifras, incluso fallos judiciales que nos obligan a actuar. Y, sin embargo, cada cierto tiempo los titulares repiten la misma historia: un niño Wayuu muerto por desnutrición, una comunidad sin acceso a agua, una madre que clama justicia mientras entierra a su hijo.
Por todo lo anterior, considero que debemos escuchar con seriedad el llamado de Unicef en el Día Mundial de la Infancia: “Listen to the Future”. Escuchar el futuro implica reconocer que las decisiones que tomemos hoy definirán el mundo de los niños en 2050. Y en el caso colombiano significa mirar de frente a los niños Wayúu y decidir, de una vez por todas, que no permitiremos que su destino sea morir de hambre.
Finalmente, mientras en La Guajira sigamos contando tumbas en vez de matrículas escolares, mientras un niño muera de sed en Colombia, cualquier celebración de progreso será incompleta. Lo digo con total convicción: la niñez Wayuu es la medida moral de Colombia ante el mundo. Y si no somos capaces de garantizarles agua, alimento, salud y educación, habremos fracasado no solo como Estado, sino como humanidad.