Latinoamérica vive un tiempo oscuro, donde el liderazgo político parece haberse diluido entre caudillos de ocasión, gritos populistas disfrazados de soluciones inmediatas y “líderes” que dividen apelando al odio y agitando banderas que, en lugar de unir, desgarran el tejido social. Hoy, entre discursos altisonantes y promesas fáciles, pareciera que el futuro de nuestros pueblos estuviera condenado a girar alrededor de figuras que dividen más de lo que unen.
Colombia no es la excepción. Somos el espejo de esa polarización que atraviesa el continente. Basta con saber que hasta ahora son 70 los precandidatos inscritos a la presidencia. Setenta nombres que más que reflejar pluralidad, retratan la crisis de liderazgo y la falta de un proyecto serio de nación. Y en medio de ese mar de aspiraciones, tristemente, pretenden reducir el debate nacional a una disputa binaria: el que diga Uribe o el candidato de Petro.
¿Acaso nuestra democracia debe reducirse a escoger entre esos dos polos?
Me niego a aceptar que el destino de Colombia esté en manos de esa dicotomía. ¡Somos mucho más que un pulso entre extremos! La patria no puede seguir siendo un botín de caudillos que ven en la política un escenario para alimentar sus egos y perpetuar su poder. La política —la verdadera, la que nace del alma del pueblo— debe ser el arte de la unidad, del encuentro en la diferencia, del reconocimiento de que el país no se construye desde la imposición, sino desde el respeto mutuo.
Precisamos un liderazgo distinto, que trascienda esa dualidad y conciba que gobernar no es administrar la polarización, sino derrotarla. Que comprenda que Colombia es un mosaico de culturas, regiones y pensamientos que, lejos de ser un obstáculo, son nuestra mayor riqueza. Que se atreva a escuchar a los campesinos que claman tierra y dignidad, a los jóvenes que exigen oportunidades, a las comunidades étnicas que defienden su legado, a los emprendedores que luchan por producir en medio de la incertidumbre y a todos los colombianos en general, que luchamos a diario por sacar a nuestra familia adelante, a pesar de las adversidades.
Necesitamos un gobernante que, lejos de vociferar consignas de odio, convoque a la unidad nacional. Que despierte en nosotros la fe en la institucionalidad, el respeto por la democracia, comprendiendo que, sin orden, la libertad se convierte en un espejismo
Los colombianos estamos agotados de vivir en medio del ruido de los extremos, de la guerra de etiquetas, del odio convertido en discurso político, de la confrontación permanente que nos roba el futuro. ¡Merecemos un proyecto de país digno, serio, con identidad nacional!
Y aunque el panorama parezca oscuro, me rehúso a perder la esperanza, porque creo que en el corazón del pueblo colombiano aún late la certeza de que somos capaces de levantarnos. Porque sé que no todo está perdido mientras exista un ciudadano dispuesto a soñar con un país reconciliado y aunque el populismo pretenda dividirnos, la historia nos ha enseñado que de las cenizas puede renacer la dignidad.
Este es el momento de recuperar el orden. Devolverle al Estado su razón de ser: servir al pueblo y no servirse de él. Reavivar la fe en la institucionalidad, porque sin instituciones firmes no hay democracia posible y defender la libertad como ese fuego sagrado que ningún extremismo puede apagar.
El llamado es a no resignarnos. A no aceptar como inevitable el destino que otros quieren imponernos. A creer que Colombia puede y debe unirse en torno a un proyecto nacional que nos permite construir desde la diferencia.
¡Colombia no puede ser el país de los extremos, sino el país de la unidad! No el que se pierda en los gritos de unos pocos, sino el que se reconozca en el corazón de millones. El que no renuncie a la esperanza y la convierta en motor de cambio.
Por eso, mis queridos amigos, los invito a no seguir entendiendo las elecciones democráticas como un acto emotivo y asumirla como el ejercicio de debida diligencia ciudadana. Leer y contrastar los planes de gobierno debe ser obligación, no un gesto voluntario.
Busquemos más que promesas un proyecto de país que unifique en la diferencia, promueva productividad y justicia social, que reduzca la pobreza mediante políticas evaluables y sostenibles —no clientelismo ni consignas. Exijamos experiencia comprobable: historial de ejecución, equipos calificados, respeto al Estado social de Derecho y capacidad de corregir a partir de la evidencia.
Elegir a nuestros gobernantes con rigor, es un acto patriótico y moral: lea, compare, cuestione y vote por quien presente un plan financiable, medible y ejecutable. El destino de la patria no se decide con aplausos, sino con la seriedad con que cada ciudadano honra su voto ∴