Colombia duele: el clamor por un acuerdo sobre lo fundamental

Columnas de Opinión
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Colombia duele. Y duele no porque carezca de riquezas naturales, de talento humano o de historia gloriosa, sino porque ha quedado a la deriva, sin un liderazgo político que nos convoque, que nos inspire y que nos trace una ruta de futuro. Somos un país sin timonel, atrapado en una tormenta de egos, mezquindades y trincheras ideológicas que lo único que han logrado es sumirnos en la más absurda polarización.

El liderazgo que alguna vez nos permitió soñar con transformar la realidad se ha convertido en un ejercicio vacío, reducido a discursos efectistas en redes sociales y a cálculos electorales inmediatos. Nuestros dirigentes olvidaron que la política es un arte noble, el de construir juntos, y no un escenario de demolición mutua. Así, mientras la clase política se enfrasca en peleas estériles, la gente del común —ese pueblo que madruga, que resiste, que carga sobre sus hombros el peso de la patria— siente que su voz no encuentra eco en ninguna parte.

La discusión pública se convirtió en una guerra de etiquetas, donde lo importante no es la verdad ni el bien común, sino derrotar al contrario, sin importar el costo. Normalizamos la confrontación, convertimos el desacuerdo en odio, perdimos la capacidad de diálogo. En este ambiente enrarecido, resulta imposible construir un proyecto de nación: nadie puede edificar sobre ruinas cuando cada ladrillo es arrojado contra el vecino.

Pero no todo está perdido. Es en los momentos de mayor obscuridad cuando surge la necesidad de encender una luz. Esa luz podría ser el acuerdo sobre lo fundamental al que nos invitaba Álvaro Gómez Hurtado: donde no se trata de uniformarnos en el pensamiento, sino de reconocer desde la diferencia, que existen mínimos innegociables que deben unirnos: la defensa de la vida, el respeto a la dignidad humana, la lucha contra la pobreza, la justicia como garantía de equidad, el fin de esta guerra absurda y la construcción de un modelo de desarrollo que incluya a todos.

Colombia no puede seguir aplazada por las vanidades de unos pocos. El país no resiste más fracturas ni más odios. Es hora de que los partidos políticos, los liderazgos emergentes y los que aún sienten en el pecho el fuego del deber, convoquen a una causa superior: volver a creer en un nosotros, volver a tejer la esperanza colectiva. Porque de seguir en este extravío, continuaremos siendo un país condenado a caminar en círculos, constantemente en disputa, siempre fragmentados.

Hoy más que nunca debemos recordar que la patria no se salva con la indiferencia, ni con el silencio resignado. La patria se salva con la voz firme y luminosa del ciudadano que se atreve a participar, con el voto consciente, con la mano que se tiende al vecino para construir en lugar de destruir. Porque no se construye desde la apatía, sino desde la pasión compartida, el compromiso vivo y el fuego fraterno que arde en quienes sueñan con un mañana más justo y más nuestro.

No perdamos la esperanza: de nuestras manos depende que este país encuentre de nuevo su rumbo. Que la democracia vuelva a ser un acto de fe compartido, y no un campo de batalla. Que entendamos que la grandeza de Colombia no está en los gritos de los extremos, sino en el corazón de su gente.

El llamado es a despertar con la esperanza en el corazón, a creer que sí es posible abrazarnos en un acuerdo sobre lo fundamental, y a luchar, hombro a hombro, por ese sueño colectivo que hoy nos reclama con urgencia. Que la política vuelva a ser el arte de encontrarnos, de reconciliarnos en la diferencia y de caminar unidos hacia una patria más justa, más humana y más nuestra.

Porque mientras haya un colombiano dispuesto a soñar con un mejor país, Colombia seguirá viva, latiendo con fuerza, con dignidad y esperanza.

Columna de Opinión e-mail: andrescpachano@gmail.com